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VI Miércoles de Pascua

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: “Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.»

Palabra del Señor

Comentario

Empezar el día rezando, escuchando y hablando con Jesús en nuestro interior, en nuestro corazón, es fundamental. Es necesario, no es una obligación. ¿No te pasó alguna vez que parece que los días «se pasan volando», como decimos? ¿No será que «se pasan volando» porque andamos «volando» por la vida? Son comunes estas frases entre nosotros que expresan esto que nos pasa de alguna manera. Decimos a veces: «No puedo creer que ya estemos casi a mitad del año», «este año se pasó volando, ya estamos volando, ya estamos en tal o cual mes». Uno escucha esas conversaciones a veces cuando va a comprar algo, cuando anda por la calle. Es así. Un poco la vida es así. Es verdad, el tiempo pasa volando, no lo podemos detener, el tiempo no lo podemos parar. Es lo único que no dominamos, o una de las tantas cosas, digo, pero especialmente el tiempo. Lo que sí podemos parar y podemos modificar es el modo de vivir el tiempo. Lo que sí podemos modificar son nuestras decisiones, que nos ayudan o nos ayuden a vivir cada día de una manera diferente, asimilando mejor lo que nos pasa y lo que pasa. Cada uno en lo suyo, cada uno con lo suyo; pero empezar el día escuchando la Palabra de Dios nos ayuda a vivir las cosas de un modo distinto. Terminar el día escuchando o simplemente agradeciendo lo vivido también nos ayuda a darle a el tiempo un valor distinto, darle un sentido.

Veníamos reflexionando en estos días sobre la soledad que a veces sentimos y el hecho de que Jesús viene también a sanarla. Quiere sanar y quitar soledades a los demás y nos ayuda a comprender el sentido también de nuestras soledades. Esos sentimientos de soledad que nos pueden invadir a veces, se pueden transformar en oportunidad para darnos cuenta de que no vale la pena quejarse porque alguien, de alguna manera, nos dejó solos, por esto o por lo otro, sino que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a consolar las soledades y tristezas de los que no se dan cuenta que están solos porque se aislaron. Cuando nos aislamos no vemos ni percibimos las compañías lindas de la vida, la de nuestro Jesús que está siempre y la de nuestros seres queridos que también, en general, siempre están, o si no están, hay que buscarlas. Cuando nos aislamos, podríamos decir que son soledades mal elegidas o soledades sufridas que no sabemos manejar y nos hacen, en general, equivocarnos. Nos hacen tomar malas decisiones, nos hacen caer en el victimismo o creernos las víctimas de este mundo y quejosos, nos hacen no ver lo lindo de la vida. Por eso un buen remedio para la soledad es, por un lado, aprender a convivir con nosotros mismos, cuando la sentimos, a pesar de sentirla y, por otro lado, el salir de nosotros mismos para darnos cuenta que no estamos solos y que muchos necesitan de nuestra compañía, de la tuya y de la mía.

Algo del Evangelio de hoy nos vuelve a enseñar que «se aprende de a poco». Las cosas de la vida y las cosas del Espíritu se aprenden de a poco, no hay otro camino. No se aprende todo de un clic. En el camino de la fe no sirve la ansiedad, no hay lugar para el estrés. El mismo Jesús les dijo a sus discípulos que tenía muchas cosas por decirles, pero que no podían comprenderlas, y que sería el Espíritu el que los introduciría en la verdad. Qué paciencia que tenemos que tener. Paciencia. No se puede hacer todo de golpe, no se puede recibir todo de golpe. Jesús no lo dijo todo «de golpe» a sus amigos, sino que les dijo lo que podían comprender en ese momento y le dejó lo demás al Espíritu Santo para que siga trabajando en su ausencia. Nosotros a veces somos como «golosos» de la vida, «glotones», incluso de la misma verdad. Pretendemos todo y de golpe. Queremos saber todo y rápido, el porqué de todo, el porqué me pasó esto, lo otro. Sin embargo, es lindo dejarle el lugar a Dios en nuestro propio camino. Dejar que sea el mismo Espíritu quien nos vaya enseñando e introduciendo en la verdad de nuestra vida. Dulce huésped del alma.

Él sabe más que nosotros, muchísimo más que nosotros, ¿sabías? ¿Por qué a veces pretendemos andar más rápido que Dios u a otro ritmo? Si supiéramos la verdad de nuestra vida en un instante, no nos daría el corazón para aferrarnos a ella, para atraparla. Por eso él nos va introduciendo, a su modo, a su manera, a su tiempo.

Por eso es necesario encontrar el espacio y el tiempo para escuchar en silencio, para descubrir ese «maestro» interior que es el Espíritu Santo, ese maestro del alma que nos dejó Jesús y nos va enseñando lentamente lo que nos hace bien, lo que debemos dejar, lo que debemos decidir, lo que debemos abrazar. Dejemos de escuchar tanto «los maestros» de este mundo que se creen sabios, pero, finalmente, la sabiduría de este mundo, como dice san Pablo, es necedad para la sabiduría de Dios. Por eso es necesario que nos hagamos tiempo y nos quedemos solos, porque, sin soledad fecunda, ese «maestro» interior no puede hablar o no puede ser escuchado, mejor dicho. Grita a veces, pero no es escuchado. Hasta el cuerpo nos puede gritar a veces para que nos pongamos a escuchar, pero puede a veces no servir para nada, ya que no sabe qué hacer con nosotros.

¿Te imaginás si nos tomáramos el tiempo necesario cada día para escuchar la verdad de nuestra vida, de nosotros mismos, que Jesús nos quiere enseñar cada día por medio de su Espíritu? ¿Te imaginás qué distinto sería este mundo si empezáramos a escucharlo más? Empecemos a probarlo. Un día, con tiempo de silencio y soledad fecunda, es un día distinto. Es cuestión de «lanzarse» por este camino y empezar a transitar esta propuesta que nos hace Jesús en Algo del Evangelio de hoy.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.