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VIII Martes durante el año

Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.»

Palabra del Señor

Comentario

Escuchar y escuchar, esa es nuestra meta en esta vida cristiana que el Señor nos regaló. Tenemos que cada día escuchar. «Escucha Israel», decía el mandamiento del Antiguo Testamento. Escucha, escucha y amarás. «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu». Por eso, cuando escuchamos, aunque no comprendamos lo que escuchamos, aunque a veces no prestemos toda la atención que se merece lo que escuchamos, aunque a veces nos caigan mal ciertas palabras y aunque otras parece que las comprendemos perfectamente, en realidad nunca terminamos de comprender, pero lo que sí nos va pasando es que la Palabra de Dios, es como la lluvia que cae en la tierra y tarde o temprano da fruto; va regando, va mojando la tierra, va desarmando los terrones, esos obstáculos que no dejan crecer las cosas, va embebiendo la semilla y la va haciendo germinar, y germina silenciosamente, sin hacer ruido en el medio de la noche, cuando empieza a dar el sol, cuando estamos dispuestos. En definitiva, tarde o temprano nuestro corazón se va transformando y seguramente te pasó ya muchas veces en este camino de escuchar cada día la Palabra de Dios. Lo importante, como digo siempre, es que no dejemos de escuchar, de leer, de hacer un esfuerzo, porque el Señor premia nuestro esfuerzo, nuestra humildad y tarde o temprano nos hace ver las cosas que antes no veíamos, nos hace aceptar su voluntad que nos costaba, nos hace cambiar las actitudes que no podíamos cambiar, nos regala el perdón, nos ayuda a perdonar y tantas cosas más que son interminables. Por eso, no dejemos de escuchar, no dejes de escuchar. Si hoy te tocó uno de esos días en los que no tenés muchas ganas de escuchar, no importa. Poné este audio muchas veces si es necesario, ponelo de fondo, ponelo mientras viajás, mientras te dormís, mientras te levantás, no importa, escuchemos.

Algo del Evangelio de hoy me ayuda a querer cada día más a Pedro. ¡Cómo lo quiero a Pedro! Pedro, el gran apóstol, es tan humano, es tan como nosotros, como vos y yo, y no como a veces presentamos a los santos. Pedro siempre tiene lo que muchos de nosotros llevamos en el corazón, lo bueno y lo no tan bueno. Pedro siempre pregunta lo que muchos de nosotros no nos animamos a preguntar, como nos pasaba en el colegio, ¿te acordás? Pedro siempre acierta y se equivoca primero, como marcando el camino, abriendo una brecha que muchos no se animan a transitar y eso es lindo, nos ayuda muchísimo.

Se me ocurren dos cosas que hoy nos pueden ayudar. Primero, a Pedro y a nosotros también nos puede salir a veces la mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos al Señor estar buscando recompensas, ¿y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por vos? Sin querer podemos caer como el hombre rico del Evangelio de ayer, en una mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que «no mira la mirada de Jesús», esa mirada que siempre mira con amor. Cuidado. Especialmente los consagrados, los sacerdotes, pero toda vocación, ¿qué buscamos? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado, o incluso de todo laico que se entrega día a día en la Iglesia, es mi peligro y el tuyo. ¡El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en una especie de funcionario que cobra por lo que hace y no en un servidor! ¡Cuidado con ser un funcionario de Jesús! Es humana la pregunta de Pedro, pero hay que pedirle a Jesús que nos vaya purificando, conduciendo nuestra intención, haciéndola recta. ¿Para qué servimos?

Segundo, al mismo tiempo hay algo muy lindo y que surge gracias al arrebato de Pedro. Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como las promesas de la política. Jesús promete y cumple. Te puedo asegurar que el ser sacerdote me llenó de casas, porque puedo quedarme y alojarme en mil lugares gracias a la generosidad de tanta gente que nos tiene como padres, como hermanos y muchas veces como hijos.

Haber dejado algo por Jesús, me permitió tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia me llenó de hermanos, predicar la Palabra de cada día me llena de hermanos y hermanas. Dejar mi hogar por amor a Jesús, aunque haya sido un poco mezquino me lleno de buenas madres, aunque la Virgen María y la que me dio la vida son las mejores, pero tengo muchas y eso llena de alegría todos los días. También tengo más padres, que se preocupan por mí, como se preocupa el mío también. Me concede bienes continuamente, nunca tendremos hambre ni sed, porque Jesús nos provee de todo. Siempre digo con gracia que jamás un sacerdote se morirá de hambre. Esto es verdad, te lo aseguro. Siempre hay un buen corazón que nos ayuda. Seguro que vos de alguna manera también lo vivís, con tu grupo de oración, con tu movimiento, con tu parroquia. Y al mismo tiempo, como dice Jesús, todo esto también va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable.

Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida eterna. ¿Qué más podemos pedir? No seamos entonces mezquinos. Con lo poco que damos, Jesús nos da y nos dará algo mucho mejor, más grande. Busquemos el Reino de Dios hoy y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.