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XI Jueves durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el reino de los cielos.

Otra bienaventuranza que nos regalaba Jesús, la octava, en donde más que nunca nos parece algo imposible. ¿Es posible ser feliz en medio de la persecución? ¿Es posible cuando todos se nos burlan a causa de la fe? ¿Es posible vivir en medio de este mundo dichosos, mientras vemos que los demás — aquellos que no tienen fe, aquellos que incluso se burlan de nosotros, aquellos que ridiculizan nuestro regalo más grande — parecería que incluso viven mejor que nosotros?

Esa es la gran tentación: creer que nuestra fe no vale la pena, creer que no vale la pena dar la vida por Jesús cuando Él la dio por nosotros.

Por supuesto que para llegar al culmen de las bienaventuranzas, a esta última bienaventuranza en donde todo parece imposible, tenemos que estar profundamente enamorados. Por eso la clave de la felicidad, vuelvo a decir, no está en este mundo sino en enamorarnos de aquel que dio la vida por nosotros.

Solo el que está verdaderamente enamorado de Jesús puede sentirse dichoso incluso hasta dar la vida en su nombre. Es verdad que a nosotros no nos toca seguramente dar la vida con la sangre, pero sí nos toca de tantas maneras entregarnos por Él.

Si todavía no te sentís dichoso por incluso ser perseguido a causa del nombre Jesús, pedile esa gracia, pedile disfrutar, incluso ser ridiculizado por amor a Jesús. Jesús fue feliz en la tierra dando la vida por nosotros. Nosotros podemos hacerlo dando la vida por Él.

Y Algo del Evangelio de hoy deberíamos hacer una pequeña advertencia que nos puede ayudar y que es clara: No por mucho hablar Dios nos escuchará, sino por hablar bien, sino por decir lo que Él nos enseña a decir. Además, como dice Jesús, Él sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.

En la vida y en la oración, fácilmente caemos en ese error de pensar que por hablar mucho nos escucharán. Pero en Algo del Evangelio de hoy Jesús nos enseña lo contrario. ¿Viste esas personas que por hablar mucho ya no dan ganas de escucharlas? Hay personas que por mucho hablar agotan y terminan quedándose solas, porque piensan que serán escuchadas cuantas más palabras por minutos digan. Sin embargo, si hay algo que debemos aprender en la vida es a hablar lo justo y necesario. Nuestro Padre jamás se cansará de escucharnos, pero los que podemos cansarnos somos nosotros si no rezamos como Él nos enseña, por eso hay que dejarse enseñar por Jesús. Cuando hablamos mucho perdemos el tiempo, cuando hablamos mucho nos perdemos en palabras. Cuando hablamos mucho corremos el riesgo de equivocarnos. Por eso es necesario comprender qué es el Padrenuestro para nosotros, los hijos de Dios.

Jesús no nos enseña una fórmula mágica para que podamos conseguir lo que se nos antoja; no nos enseña una oración para que aprendamos de memoria y la recemos todos los días para cumplir con nuestra obligación de cristianos, rezar por cumplir; no nos enseña simplemente una serie de palabras que nos aseguran la salvación el día de mañana. Nos enseña algo mucho más grande, nos enseña a respirar de Él, con Él. Nos enseña lo esencial de la vida de hijos, de la vida sobrenatural. Nos enseña a desear lo fundamental, nos enseña a pedir lo esencial y por lo tanto, abriéndonos su corazón, nos enseña lo más importante para vivir como hijos de Dios. Desear lo mejor para nuestro Padre y pedir lo necesario para ser hijos de corazón y no solo de palabra. Así se articula el Padrenuestro, la primera parte deseando lo que el Padre desea, y la segunda aprendiendo a desear lo mejor para nosotros.

El Padrenuestro es sencillo, simple, pero contiene todo. Todo está en estas palabras. Toda nuestra vida debería ser un desear y pedir lo que dice el Padrenuestro. El Padre sabe todo, Él, que ve en lo secreto, sabe el secreto de tu vida, de la mía, el secreto que ni siquiera nosotros sabemos descubrir. Por eso terminemos rezando juntos: Padre Nuestro, Padre de los que amamos y de los que nos cuesta amar. Padre de malos y buenos. Padre de todos, enseñanos a respirar con esta oración salida de los labios de Jesús. Enseñanos a que cada día aprendamos a rezar con el corazón, de verdad. Basta de palabras vacías, basta de palabras repetitivas que no llegan al alma. Basta de hijos que le rezan a un Padre que no conocen. Nosotros queremos conocerte y darte Gloria, con nuestra vida, con nuestras obras, queremos que tu nombre sea santificado, conocido, amado. Queremos ser hijos y vivir como hijos. Queremos reconocer a todos como hermanos.