Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.
Palabra de Dios
Comentario
¡Sí!, ¡«Dios es amor» !, tenemos que decirlo una y mil veces más. Ese es el mensaje de nuestra fe, esa es la gran noticia que hemos recibido. Dios nos manifestó su amor. Dios no es como nosotros, a veces que decimos que amamos y, finalmente, cuando llega el momento de la prueba, no lo hacemos siempre o no lo hacemos como quisiéramos, o incluso hasta podemos amar y el otro no puede percibir nuestro amor, y eso nos frustra, nos entristece, nos pone en un lugar incómodo.
«Dios es amor», ese es el mensaje de nuestra fe. Si anduviéramos por la calle y alguien nos pregunta qué es ser cristianos, deberíamos decir: ser cristianos es creer en el amor de Dios, es confiar en que Él nos ama, es confiar en que aunque no lo vemos con nuestros ojos, «Él manifestó su amor: enviando a su Hijo al mundo para que tuviéramos Vida por medio del sí». Jesús nos dio Vida, nos dio Vida a vos y a mí, por eso estamos escuchando su Palabra y recordamos el amor de Dios justamente haciendo esto que estamos haciendo ahora, escuchando su Palabra.
Si conoces a alguien que se olvidó que Dios lo ama, enviale la Palabra de Dios. Porque las palabras de Dios son palabras de amor, aunque a veces nos corrija, nos incomode un poco, aunque a veces nos inviten a cambiar y eso no nos gusta; pero, en definitiva, el amor también es eso. El amor es consuelo, es paz, pero esa invitación a más, a entregarse, a salir de uno mismo. Dios salió de sí mismo, salió de «la comodidad», de la eternidad, para presentarse como uno de nosotros y, por medio de sus gestos y sus palabras, demostrarnos, finalmente, qué es el amor.
Erramos el camino porque creemos que sabemos amar o creemos que lo que hemos aprendido del amor es el amor, y no es siempre así. ¿Querés saber qué es amar? Mirálo a Jesús, mirálo al Hijo de Dios que vino a hacerse uno de nosotros, que vivió como un hombre cualquiera, que trabajo, que vivió en familia, que se entregó día a día por lo más sencillo y cotidiano, y cuando tuvo que salir a anunciar el mensaje de amor de su Padre, lo hizo y nada lo detuvo.
No lo detuvo ni siquiera la posibilidad de morir, al contrario, se entregó a sí mismo por amor. Fue víctima de la maldad de este mundo que no comprende qué es el amor, que no comprende que amar no es hacer lo que uno le parezca siempre, no es seguir nuestros propios caprichos, sino que amar es, finalmente, una decisión también de la voluntad que nos llama a entregarnos, a salir de nuestra comodidad.
Por eso dice san Juan en su primera Carta hoy que «este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero». ¡Qué linda noticia: «Él nos amó primero»! Quiere decir que Él nos ama, como se dice técnicamente, incondicionalmente; no nos pone condiciones para amarnos. Nos ama antes que nosotros hayamos existido, o también, dicho de otra manera, existimos porque Él nos ama. Y como no nos pone condiciones, eso nos hace maravillarnos y darnos cuenta que el verdadero amor es eso: no poner condiciones; es entregarse, aunque el otro no reciba nuestro amor, es entregarse, aunque el otro está en otra y no escuche, es entregarnos silenciosamente aunque nadie se dé cuenta de cuánto nos cuesta amar.
¿Cuántas veces nos pasa eso a nosotros, nos entregamos y nadie se da cuenta? Vos con tus hijos haces tanto por ellos y ellos muchas veces se olvidan o están en otra, o son poco agradecidos. ¿Cuántas veces amaste a tu esposa o tu esposo? ¿Cuántas veces yo o tantos consagrados, sacerdotes nos entregamos y nadie se da cuenta?, pero en definitiva ¿eso importa? Si andamos amando en búsqueda de aplausos, en búsqueda de reconocimiento, es porque, en definitiva, todavía no aprendimos a amar. Y el verdadero conocimiento de Dios, del que habla hoy san Juan, no es el de saber muchas cosas, no es el de saber teología, el catecismo de memoria, aunque sí nos hace bien, nos hace bien conocer nuestra fe para poder dar razones a aquellos que nos preguntan, para poder argumentar cuando otros nos cuestionan.
Pero en definitiva ¿cómo van a conocer los demás que somos cristianos: por nuestro discurso o por nuestra forma de vivir?
A los primeros cristianos los reconocían porque se amaban los unos a los otros. Tu comunidad, tu familia será reconocida como cristiana, dará verdaderamente frutos si los demás ven en ella personas que se aman, que se respetan, que se entregan los unos por los otros, que no se difaman, que no se calumnian, que no se matan entre ellas con las palabras, como muchas veces hace el mundo con nosotros o nosotros también lo hemos hecho con los demás.
No amemos de palabra y con la lengua, amemos a Dios de verdad, entregándonos a nuestros hermanos. No pensemos que, por saber cosas de Dios, lo conocemos. Lo conoce verdaderamente aquel que ama día a día, porque «Dios es amor» y amar entonces, en definitiva, es conocer a Dios.