Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.
Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.
Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.
Palabra del Señor
Comentario
Dios quiera y Dios seguramente lo quiere, porque lo dice su Palabra, que aprendamos en esta Cuaresma a experimentar un poco más eso de que «no vivimos solamente de pan» material. Voy a ser un poco insistente en estos días con este tema, pero creo que nos ayuda, por lo menos a mí, y que es necesario seguir profundizando esta frase que responde a una tentación, a una prueba continua de nuestra vida, a una tentación que vive la misma Iglesia como comunidad, una tentación tuya y mía y de este mundo, mucho más. Jesús con su respuesta nos enseñó el modo de vencerla, pero hace falta seguir y seguir entendiendo a qué se refiere, o qué quiere combatir, en definitiva. Para otro momento quedará el profundizar las otras tentaciones y sus remedios.
La Cuaresma dijimos que tiene una imagen de fondo que ayuda a comprender esto que estoy diciendo, es el desierto. Jesús se va al desierto, en realidad es llevado por el Espíritu al desierto, y es ahí donde experimenta la prueba. Las pruebas, las tentaciones aparecen en el desierto de esta vida, nuestra vida es, de algún modo, un desierto lleno de carencias, y por eso cuando experimentamos la carencia, la falta de algo, cuando nos falta lo superfluo, incluso lo necesario, como el alimento, ahí empiezan las pruebas. Es un símbolo. En el desierto aprendemos a vivir o deberíamos aprender a vivir con lo esencial, y por eso en la Cuaresma vamos aprendiendo a prescindir de lo que es innecesario y a aferrarnos a lo realmente necesario.
Siempre me acuerdo con gracia cuando una vez fuimos de campamento con un colegio en donde yo trabajaba a un lugar inhóspito, donde no era desierto, pero no había ni luz ni nada de las comodidades que estamos acostumbrados, y una de las madres de los niños que iba de acompañante en un momento dado sacó de su bolso un secador de pelo preguntando dónde lo podía enchufar para usarlo. Te imaginarás la risa de los presentes, nunca nos reímos tanto ese día. En un campamento, en el desierto, lo accesorio se transforma en innecesario, se transforma finalmente en una carga, no sirve para nada y nos ayuda a darnos cuenta que somos nosotros los que muchas veces hacemos de lo superfluo, algo esencial.
Lo mismo nos pasa en la vida de fe, en la espiritualidad y por eso la Cuaresma es tiempo de purificación, para darnos cuenta que a veces «hacemos pan, hacemos alimento necesario» lo que realmente no lo es. Por eso es lindo volver a escuchar que «no vivimos solamente de pan», necesitamos algo más esencial, no vivimos de los alimentos que nos «inventamos» nosotros mismos, sino del alimento que proviene de Dios Padre al escucharlo y al hablarle, del amor que nos llega a nuestra vida de tantas maneras.
Algo del Evangelio de hoy nos deja también esta enseñanza, pero con respecto a la oración. ¿Qué es lo esencial de la oración finalmente? ¿Cómo debemos orar? ¿No será que a veces la hemos cargado de adornos que al fin y al cabo, cuando nos ponemos a pensar, no hacen más que dificultarnos las cosas, no hacen más que interferir en nuestra relación que debe ser sencilla y cotidiana con nuestro Padre, que simplemente nos está mirando al corazón, nos está abriendo los brazos y nos dice: «Aquí estoy, comunícate conmigo, háblame, escúchame como puedas pero también como te enseñé»?
En su esencia rezar es hablar con nuestro Padre del cielo, es escucharlo, es dialogar. Tan simple y complicado como eso. Por eso Jesús nos enseñó a no complicarnos la vida de oración, nos enseñó la simplicidad del Padrenuestro, en donde aprendemos a pedir lo esencial, lo que realmente necesitamos, y además, a pedirlo en el orden que corresponde, porque no solo es bueno aprender a decir cosas buenas, sino que además decirlas como hay que decirlas, en el orden que hay que decirlas. Con el Padrenuestro tenemos asegurado todo esto, porque son las palabras del Hijo enseñadas a los hijos pequeños que somos nosotros.
Te propongo hoy que digamos juntos la oración madre de todas las oraciones que muchas veces hemos ido olvidando o repitiendo como loros, volvamos a levantar la cabeza y el corazón hacia el cielo y a pensar en todo lo que queremos pedirle al Padre del cielo, pero al mismo tiempo, confiando en que él sabe mejor que nosotros qué es lo que necesitamos. Digamos juntos: Padre, Padre de todos, de buenos y malos, de aquellos que incluso no queremos tanto, Padre de todos los hijos, que estás en el cielo, que estás en todos lados, que habitas en los corazones de todos los hombres que aman y en donde a veces menos pensamos.
Queremos que tu Nombre sea conocido, santificado, amado, queremos que tu Reino, tu amor, llegue a todos, que todos reconozcan tu voluntad y la puedan cumplir, para que este mundo sea distinto, especialmente los cristianos, los hijos que decimos amarte. Necesitamos el perdón tuyo y el de los demás, necesitamos aprender a perdonar de corazón porque no podemos vivir sin perdón, nos hace mal, necesitamos aprender también a pedir perdón. ¡Ayúdanos a vivir esto, por favor, Padre! Queremos el Pan de cada día, el Pan de tu Palabra que nos alimenta, el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y el pan necesario para nuestra mesa y el de nuestras familias. No queremos pensar que lo material es lo esencial.
Por favor no nos dejes caer en esta tentación, aceptamos que somos tentados, pero no nos dejes caer en esa tentación, no dejes que nos olvidemos que somos hijos amados, no dejes que el maligno nos aparte de tu amor, de tu corazón de Padre, que nos haga dudar de que nos amas por siempre. Todo esto y lo que no nos damos cuenta, y lo que no nos atrevemos a pedir, te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, en el Espíritu Santo y te pedimos que derrames tu bendición sobre nosotros, tu bendición misericordiosa en el Nombre tuyo, de tu Hijo y del Espíritu Santo.