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I Martes durante el año

Jesús entró a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: « ¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Palabra del Señor

Comentario

¡Cómo cuesta cambiar a veces ciertas cosas en nuestras vidas! ¡Cómo cuesta cambiar cuando nos damos cuenta que es necesario cambiar, que es necesario hacer un esfuerzo para ser distintos, para amar, para esforzarnos cada día a ser mejores! Acordémonos que amar, de algún modo, es cambiar sin dejar de ser lo que somos –una gran paradoja–, por eso no se ama sin hacer un esfuerzo y todo esfuerzo implica siempre un cambio, de lugar, de pensamiento, de actitud, de un sentir. Amar es también ir descubriendo quiénes somos, es ir conociéndonos más, conociendo nuestra vocación, nuestra misión, el sentido de nuestras vidas.

Por eso ayer escuchábamos que Jesús llamaba a unos pescadores pecadores, como vos y yo, para transformarlos en pescadores de hombres, para ayudarlos a que se den cuenta que, aun siendo pecadores, estaban hechos para cosas más grandes. Pero eso lo fueron descubriendo poco a poco, en la medida que se dejaron amar por Jesús, que se dejaron guiar por él; en la medida en que fueron aprendiendo de él, a medida que se fueron conociendo, con sus limitaciones, con sus capacidades.

Es bueno que cada uno de nosotros vaya pensando y rezando, de la mano del Algo del Evangelio, qué cambios podemos emprender en nuestra vida en este año, qué cambios están a veces al alcance de nuestras manos y no nos damos cuenta. A veces no son grandes cosas, te diría que todo lo contrario, muchas veces los grandes cambios empiezan con cosas muy sencillas y silenciosas, y por eso son difíciles, cuestan mucho porque a veces no las vemos.

A veces hay que «desacelerar» para no ir tan rápido, a veces será «bajar un cambio» porque nos podemos chocar contra cualquier cosa que anda por ahí, muchas veces es orientar el rumbo que se ha desviado, por ahí será volver a encontrar el rumbo perdido, otras veces será dejar de hacer ciertas cosas, de pensarlas, de taparlas, quién sabe, mil maneras, mil formas de cambiar para creer.

¿Cambiar por cambiar?, nos podríamos preguntar. No, hay que cambiar y creer, y confiar, cambiar para encontrar el Reino de Dios que está entre nosotros y muchas veces no lo vemos. Creer que Jesús vino a inaugurar una etapa nueva de la historia, de nuestras vidas, como aparece claramente en el Evangelio de hoy.

Fijémonos que la primera acción concreta de Jesús es la de expulsar un demonio. Es verdad que dice que antes Jesús enseñaba, enseñaba de una forma distinta, con autoridad, o sea, haciendo lo que decía, no como nosotros que a veces enseñamos lo que no hacemos. Pero la autoridad de Jesús no se basaba en gritos, ni en imposiciones, ni en una forma vehemente de decir las cosas, sino que Jesús seguramente –no me lo imagino de otra manera– enseñaba con amor, con dulzura; con firmeza, sí, con seriedad, sí, pero con amor. Jesús seguramente enseñaba con pasión, le salía fuego de su corazón, le brillaban los ojos al mirar y por eso cambiaba a los que escuchaba.

Y también nos ayuda a detenernos en esta autoridad que Jesús tenía y tuvo para vencer al malo, al maligno. No hay que olvidarse de esto, no podemos pasar de largo en el Evangelio esta verdad. Él vino a vencer al maligno, y lo hizo claramente, por eso escuchamos que el maligno le dice: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?». Y sí, ¡qué buena noticia! Jesús vino a acabar con el malo de este mundo y el malo que a veces se hace presente en nuestras vidas.

El demonio es un mentiroso, pero a Jesús no le puede mentir, y por eso le habla en plural, pero finalmente el Maestro le termina contestando en singular: «Cállate y sal de este hombre». Cállate y salí de ahí, diríamos nosotros. Jesús lo descubre. Lo vence con la verdad, el demonio nos quiere vencer siempre con la mentira. ¡Qué linda noticia! Jesús vino a «acabar» con el padre de la mentira. No hay por qué temer, no tenemos que temer.

No hay que negar su existencia y su insistencia en alejarnos de Dios, pero no hay que darle más entidad de la que tiene, Jesús vino a acabar con el demonio, vino a vencerlo para que nosotros aprendamos a vencerlo con la verdad.

Un cambio que está al alcance de nuestras manos en este momento, ahora, mientras estamos escuchando, un cambio que está al alcance de nuestras decisiones, es el salir de la mentira que a veces vivimos, dejando que Jesús la eche con su Palabra. No dejarnos engañar por el demonio que siempre prefiere mentirnos y mantenernos en la mentira. La verdad espanta al demonio, la verdad lo aleja, y no porque estemos poseídos, eso es extraño que pase, sino porque muchas veces no enfrentamos nuestra propia verdad, nos engañamos a nosotros mismos; la verdad de nuestras vidas, lo que nos está pasando, lo que nos duele, lo que nos entristece, lo que nos alegra, la tapamos, la ocultamos, la pateamos para adelante y por eso andamos así, a los resbalones.

Dejemos que Jesús desenmascare las «mentiras» de nuestras vidas, para dejar que su amor y su verdad nos llenen el corazón. Que el Evangelio de hoy nos anime a confiar más en la fuerza del bien, en la fuerza de Jesús, que en el poder de la mentira, de lo oculto, del pecado. Cambiar y creer, también quiere decir aceptar esta linda verdad.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.