Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»
Palabra del Señor
Comentario
Querer «vivir solamente de pan», del pan material, y no darnos cuenta que lo que nos llena verdaderamente la vida es otra cosa, es de alguna manera querer vivir solo de lo que vemos con nuestros ojos y percibimos con nuestros sentidos, con la vista, el tacto, el gusto, el olfato y el oído. No vivimos solamente de lo material, por eso Jesús le contestó al demonio, a Satanás: «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Le estaba diciendo justamente lo contrario a lo que a veces pensamos y el mundo nos hace pensar; le estaba diciendo que el alimento diario de nuestras vidas no entra solo por los sentidos del cuerpo, sino que entra también por el sentir del corazón, del alma. Por supuesto se alimenta de los sentidos, pero le llega al alma.
Jesús le respondió al demonio con la misma Palabra de Dios. No dialogó, le respondió. Jesús le respondió también pensando en nosotros, en nuestras vidas concretas para enseñarnos a vencer las pruebas. ¿Cuántos de nosotros vivimos como si lo material fuera el único bien, lo más importante de nuestras vidas? En la práctica, en los hechos, en el día a día… ¿Cuánto ocupa en nuestro corazón la preocupación por el «pan material de cada día»? ¿Qué es para nosotros el «pan de cada día» ?, ¿lo material o también lo espiritual? ¡Qué difícil responder esas preguntas!, ¿no? Por ahí estarás pensando: «Padre, o este sacerdote, por ahí dice eso porque no tiene familia, es imposible no pensar en lo material con una familia». Es verdad, no es lo mismo para un sacerdote, pero también es verdad que vivimos en el mundo y tenemos que administrar los bienes de una comunidad que se nos confía y también podemos caer fácilmente en pensar que lo que necesita la gente, los fieles que se acercan o aquellos que pasan por la Iglesia, es
Es mucho más fácil alimentar cuerpos que alimentar almas. Es mucho más tentador ser el sacerdote para «alimentar» y solucionar los problemas materiales de las personas, que el sacerdote que no solo intenta alimentar los «estómagos», sino también los corazones o los corazones y los estómagos. Esta tentación la sufrimos todos, porque es natural que nos basemos en lo que vemos y nos cueste ver más allá de lo que ven y sienten nuestros sentidos.
Por eso la Cuaresma es también camino de purificación de nuestros sentidos del cuerpo, de profundización de nuestros sentidos, tiempo de crecer en nuestra sensibilidad, esa que nos ayuda a encontrarle el verdadero sentido a las cosas que nos pasan y les pasan a los demás. Y eso nos pasa en el desierto. La Cuaresma, acordate, es como la vida, un desierto.
Algo del Evangelio de hoy nos clarifica lo que nos pasa también a nosotros, lo que les pasó a aquellos que estuvieron con Jesús cara a cara. Muchos pedían signos. O sea, pedían poder ver con sus ojos lo que sus corazones le pedían, y no al revés, ver con el corazón lo que veían sus ojos. Pedían signos y no interpretaban los que ya tenían. ¿Parece extraño esto que digo? Los que piden signos y no se interiorizan en lo que ven son los que disocian la vida, separan y no unen, son los que creen que lo espiritual va por un lado y lo material va por otro, los que no pueden entender que por medio de lo material experimentamos lo espiritual.
Los que no pueden entender que «el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», y que la palabra de Dios nos llega por medio de cosas materiales, sonidos, personas, situaciones, cosas concretas que experimentamos por nuestros sentidos, como me pasó hace poquito, que en una misa a la mañana había alguien que no venía habitualmente y después me pidió hablar porque estaba muy angustiada. Increíblemente me contó que se acercó porque iba llorando por la calle, escuchó la campana de la Iglesia y por eso quiso ir a rezar y a pedir perdón. ¡Qué maravilla! Por un sonido muchas veces Dios nos llama, tantos signos.
Por eso, «creemos en lo que no vemos, pero creemos porque algo vemos, algo sentimos», me decía un sabio profesor. La fe no es solo una cuestión espiritual ni solo una cuestión material. La fe incluye las dos. Esta es la aparente paradoja de nuestra fe, algo que pocas veces nos ponemos a pensar y nos trae muchos problemas cuando no lo profundizamos.
¿Andamos pidiéndole signos a Jesús para que nos demuestre que está? Será porque no estamos aprendiendo a interpretar lo que vivimos y lo que nos pasa. ¿Creemos sin pensar seriamente en lo que nos pasa, sin interpretarlo? Puede ser entonces que nos esté dando miedo asumir que a Jesús lo conocemos siempre por medio de otros y con otros. Los dos extremos nos hacen mal. Ni lo material sin lo espiritual, ni lo espiritual sin lo material. Vivimos de lo material, pero con lo espiritual. Van las dos cosas de la mano, van juntas y son inseparables. «El hombre no es ni ángel ni bestia, y quien quiere hacer el ángel termina siendo bestia», decía Pascal.
No pidamos signos, ya los tenemos y los recibimos, tenemos que aprender a percibirlos. El signo que pedían esos hombres fue finalmente la Muerte y Resurrección de Jesús, ese es el signo de Jonás, que pasó tres días y tres noches en el vientre de un pez, como Jesús tres días en el vientre de la tierra. Esa es la prueba de que Jesús es Dios y Hombre, esa es la gran verdad que celebramos en cada misa, cada domingo, en cada Pascua y hacia allá nos encamina la Cuaresma.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.