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I Sábado de Cuaresma

Jesús dijo a sus discípulos:

«Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos esta primera semana de la Cuaresma llenos de recomendaciones, llenos a veces de cosas por hacer, aparentemente, de palabras por cumplir, pero en el fondo, en el fondo no es tan así. En realidad, es más para recibir, contemplar y asimilar que para «hacer». Basta de hacer tanto, tenemos que escuchar más. Una semana en la que los evangelios nos sacudieron de lado a lado y, por agregado, de yapa, como decimos, terminamos escuchando una de las páginas más difíciles del Nuevo Testamento, no solo porque, de algún modo, es difícil de comprender, sino también, fundamentalmente, por lo difícil de vivirlas. Por eso te propongo que antes de pensar, calcular y recalcular lo que tenemos que hacer, lo que deberíamos hacer, es dar gracias a Jesús por estos días de regalo que hemos recibido.

Demos gracias a nuestro Maestro porque día a día, más allá de nuestras debilidades, estamos haciendo lo posible para escucharlo. ¡Qué maravilla! Miles de personas en este momento escuchando a Jesús. El Reino de Dios está entre nosotros y es verdad, solo hay que aprender a percibirlo. Vos y yo ahora estamos escuchando la Palabra de Dios. ¡Qué cosa más linda podemos tener en la vida que alimentarnos de las palabras que salen de la boca de Dios! Es verdad, a veces lo hacemos mejor, otras veces no tanto, algunas veces ni siquiera escuchamos.

Si de casualidad volviste a escuchar de nuevo el audio, no te olvides, todos los días tenemos que escuchar. Pero lo importante, por eso, es volver a empezar, volver a levantarse y desear como alguna vez lo deseamos. Dar gracias es fundamental para no caer en un cristianismo vacío de contenido, para no caer en el fariseísmo del cumplimiento, de la conciencia anestesiada por la tranquilidad de ser, relativamente buenos.

Acordémonos: esta semana escuchamos muchas veces: «No solamente vivís de pan. No solamente vivimos de las cosas materiales». Vivimos del amor que recibimos del Padre y de los demás y que podemos dar a los demás. Vivimos también de lo espiritual, que está siempre. Vivimos de lo que muchas veces no vemos. Por eso levántate otra vez. ¡Vamos que podemos! ¡Vamos! Que podemos ser cada día más santos.

Evidentemente, también es verdad, después de escuchar Algo del Evangelio de hoy, que no alcanza con ser relativamente buenos, acordémonos de la frase de ayer. «Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos». Les aseguro que, si ustedes creen y piensan que, con ser buenos, con no matar a nadie, como se dice, con no robar alcanza para ser Hijo, están equivocados. Jesús vino a hacernos hijos, no esclavos, decíamos y lo decimos tantas veces.

Si queremos llegar a la Vida eterna, si queremos llegar a lo que llamamos cielo, al encuentro con Dios cara a cara, es verdad que alcanza con que cumplamos los mandamientos, es verdad que con no matar y robar, por sintetizarlo, casi que tenemos el pase asegurado, es verdad que, si no le hacemos mal a nadie, tenemos una habitación «ganada» en el cielo, regalada mejor dicho. Pero… ¿y mientras tanto? Nos perdemos de vivir como hijos, nos perdemos en vivir calculando, nos perdemos de ser cristianos en serio, de corazón, de entrar en el Reino de los Cielos ahora.

No entrar en el Reino de los Cielos equivale entonces a perderse desde hoy la posibilidad de dar más, perderse la alegría de amar no solo a los que nos aman y nos tratan bien, sino que, incluso a los que no son muy amables, a los que son un poco desagradables a veces, a los que nos critican, a los que nos molestan, a los que nos cuesta soportar, a los que nos hacen el mal sin razón, en definitiva, a los que «naturalmente», como decimos, no nos sale amar de corazón, pero sí con una decisión.

Esta es la propuesta de Algo del Evangelio. No es obligación, es la propuesta de algo mayor y mejor. Es el empuje de algo que no podríamos hacer si no fuera porque Jesús lo hizo y porque nos da esa fuerza. Es matar en nuestro corazón todo intento de odio, de venganza, de rencor, de bronca.

Es dejar que la Gracia nos invada el corazón. Por eso, si estás queriendo emprender el camino de la venganza, como dice un pensador por ahí, empezá cavando dos tumbas. Como diciendo: el que se quiere vengar, el que vive del odio finalmente cava una tumba para él también, y para el otro. No vale la pena odiar, te haces mal a vos mismo y a los demás. No vale la pena vengarse, no vale la pena tener rencor a nadie. No sirve. Por eso Jesús nos quiere proteger de eso. Es verdad, naturalmente a veces no se puede, pero sobrenaturalmente sí. Esa es la perfección de la que Jesús nos habla.

Ser perfectos entonces no significa no equivocarse, ser un perfectito que le sale todo bien, sino que ser perfecto desde el evangelio es buscar y querer amar como ama el Padre, con el amor que proviene de él, con amor que viene de lo alto. Sí se puede ser perfecto al modo del Evangelio, es mentira que no se puede. Miles y millones de santos lo lograron con la gracia del cielo.

Mientras que no queramos esto, mientras pensemos que la perfección del evangelio es para algunos, estaremos todavía viviendo como paganos, como no creyentes, viviremos como la mayoría del mundo, intentando ser un poco más buenos y evitando cruzarse con las personas que no son tan amables. Los enemigos serán, serían todas aquellas personas que no nos sale amar naturalmente. No pensemos en ese que directamente nos hizo algo malo, sino también aquellos que nos cuesta amar.

Jesús no pretende que seamos amigos de los molestos, de los poco amables, o de los malos, pretende que por lo menos, no les quitemos el saludo, pretende especialmente que recemos por ellos. Si empezamos a transitar este camino, empezaremos a sentir la alegría de ser hijos, de ser hermanos de todos, de vivir sin rencores, de vivir sin destruir, de construir siempre. Eso es ser perfectos como el Padre del Cielo.

Que esta primera semana de Cuaresma nos haya movido el corazón para que nos animemos a amar como Jesús nos ama, para que nos animemos a abrazar a todos como hermanos, como nuestro Padre del Cielo nos enseña.

Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.