«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.”
Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí.”
El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.”
Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.”
“No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.”
Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán.”»
Palabra del Señor
Comentario
En medio de la emoción de la transfiguración, Pedro dijo: «¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres capas». Quería eternizar ese momento, sin embargo, se oyó una vos del cielo que dijo: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo». En definitiva, lo que le interesa a nuestro Padre del Cielo es que escuchemos a su Hijo. Sí, es verdad, disfrutamos cuando sentimos «tabores», cuando sentimos transfiguraciones en la vida, sin embargo, mientras dure nuestra vida aquí en la tierra, entre las luchas, las caídas y nuestro caminar, tenemos que escuchar a Jesús. Eso es lo más importante. Si vienen regalos, si vienen transfiguraciones, gozos inefables que no podemos explicar con palabras, bienvenidos sean. Pero, mientras tanto, escuchemos, solo escuchando lograremos tener fuerzas para caminar, para seguir.
Hay evangelios que son tan expresivos, dicen tanto de solo escucharlos, palabras y parábolas en las que Jesús fue tan directo, tan «sin vueltas», tan firme, que uno podría pensar que no necesitan explicación nuestra. Es verdad, sin embargo, siempre es bueno volver a escucharlos, siempre es bueno volver a decir algo para despertarnos del letargo en el que vivimos muchas veces, mientras es bueno volver a preguntarnos si estamos o no viviendo eso que escuchamos. Somos propensos a olvidar, decíamos estos días, nos vamos acomodando en nuestras cosas y podemos pasar de largo mil y una veces por lugares que en realidad no podemos olvidar. «Lugares de nuestra fe» que si los olvidamos se atrofia el corazón y caemos lentamente en una fe armada a la carta, no una fe que cambia la vida, sino una fe que se adapta a nuestra vida. A Pedro, Santiago y Juan también les pasó eso en el momento de la cruz. Se durmieron, ¿te acordás? Pedro lo negó también a pesar que habían vivido la transfiguración, fueron capaces de negarlo. Por eso, tenemos que pedir no olvidar y tener fuerzas cuando toque hacerlo. Un lugar de la fe, irremplazable, inamovible, que jamás cambiará, aunque pasen y pasen los años… ¿Sabés cuál es? Los pobres. ¿Por qué digo un lugar de la fe? Porque quiere decir que ahí la encontramos, porque ahí encontramos con quien decimos que amamos y a quien le decimos que creemos, con Jesús. ¿Cómo hacer para esquivar y minimizar las palabras del Maestro en Algo del Evangelio de hoy? Imposible. Si recibimos bienes en la tierra, ya sea por regalo o por esfuerzo personal – o ambas a la vez, como se da generalmente– y no sabemos compartirlos o no queremos compartirlos al ver a tantos que la pasan mal en la puerta de nuestra casa, terminaremos algún día pidiendo clemencia a aquellos mismos que no quisimos socorrer cuando nos necesitaron. Ninguno de nosotros puede acabar con el hambre en el mundo, con la injusticia, con el dolor, con la desigualdad, con «los sin techo», pero todos podemos ayudar, de alguna manera, a los que vamos cruzando por la vida, como también nosotros fuimos ayudados. Alguno dirá: «A mí nadie me regalo nada, no me sobra nada, no es culpa mía el hambre del mundo, ¿por qué ayudar a alguien que no conozco?». Bueno, ¿estás seguro? ¿Nadie te regaló nada? Pensalo bien, pensá en tu vida desde la infancia. ¿Estás seguro? ¿Estás seguro que en tu casa no te sobra algo? Andá mirar la cantidad de ropa que a veces tenés y no usas. Andá a mirar tu cocina la comida que tenés, la heladera que a veces sobra mucho. Mirá tu billetera o la cuenta de tu banco y fíjate si en realidad necesitás todo lo que tenés. ¿No será que andamos con mucho sin necesidad? Mientras nosotros los cristianos a veces almacenamos y custodiamos lo que tenemos, miles y miles luchan día a día por lo de cada día, ni siquiera lo de mañana, sino lo de cada día.
Jesús no reprocha que tengamos bienes, esto no es una cuestión de ideología política, reprocha la cerrazón del corazón.
No está mal tener cosas que nos ayudan a vivir mejor, lo que está mal es no compartir, lo que está mal es ver alguien tirado y pasar de largo, lo que está mal es gastar miles y miles en cosas superfluas y no ser capaces de mirar y sentir el dolor de tanta gente que no puede, que no le alcanza, no importa por qué, pero no le alcanza. Lo que está mal es que haya gente que tenga dos o tres casas, y otros ni siquiera tengan un rancho para vivir.
En este mundo hay millones de Lázaros que están comiendo las «migajas» que caen de la mesa de tantos que gastan y gastan, por gastar nomás. En este mundo hay millones de Lázaros que son acariciados por los perros y no por nosotros, los cristianos, incluso hay muchos perros acariciados por los humanos casi como si fueran hombres y, sin embargo, no son capaces de acariciar un hombre que necesita de nuestra ayuda. Mientras muchos se quejan por sus derechos, y les gusta reivindicarlos sin poder mirar el todo, sin poder ver con amplitud las necesidades de la sociedad, hay algunos que no tienen tiempo ni corazón, para saber si tienen derechos.
A veces la cerrazón del corazón humano puede llegar a ser tan grande, «que, aunque los muertos resuciten, tampoco se convencerán». Es muy fuerte y dura esta expresión de Jesús, y es fuerte y duro lo que estoy diciendo, pero describe gráficamente el drama del corazón del hombre que se cierra al amor, de Dios y al amor de los más necesitados. Que Jesús nos libre de esta cerrazón. No hace falta que resucite nadie para descubrir lo que Dios quiere, ya lo sabemos. Tenemos la Palabra de Dios de cada día y lo que nos falta muchas veces es creer, aceptarla y llevarla a la vida.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.