Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decirle a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos?»
Jesús les respondió: «¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar cuando el esposo está con ellos? Es natural que no ayunen, mientras tienen consigo al esposo. Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!»
Palabra del Señor
Comentario
Entusiasma mucho saber que la Palabra de Dios se extiende día a día en muchos corazones a lo largo y ancho de todo el mundo. Esta es la alegría de cualquier sacerdote, esta es mi alegría también. Tengo la certeza de que es la alegría de Jesús, es la alegría también de toda la Iglesia. Es lo que viene pasando desde hace dos mil años, de mil modos diferentes, de manera escrita, de manera oral, de corazón a corazón y hoy con la tecnología.
Es verdad que la tecnología aceleró y facilitó muchísimo las cosas, pero somos herederos de una gran cadena de corazones que vienen transmitiéndose las palabras de Jesús hace tantísimos años. Por eso te pido que no tengas miedo de difundirla, en animarte a «señalar» a Jesús para otros, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Esa es nuestra misión.
La Palabra de Dios es como la lluvia, cae en todos lados y moja a todos, a buenos y malos. Solo hay que dejarse empapar un poco más por él. No escaparle a la lluvia. No le escapemos a la Palabra de Dios, jamás puede hacernos mal, aunque a veces nos «llegue» al fondo del alma y pueda doler, nos invite a cambiar, en realidad es para sanarnos, es para darnos vida.
Esta semana quiero que nos centremos en esta imagen que utilizamos ayer en el Evangelio de «señalar». Ayer imaginé que, cuando Juan dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», lo hizo señalando. La verdad es que no sé si fue así, pero para mí es bueno imaginarlo, nos ayuda a centrarnos en lo importante. Imagino a Juan señalando con el dedo, pero especialmente con el corazón, con su propia vida. Había esperado tanto para ese momento.
Un señalar humilde, un señalar de aquel que quiere desaparecer para que brille el otro, en ese caso Jesús. Creo que nos puede ayudar mucho esta imagen. En definitiva, alguien alguna vez nos «mostró» a Jesús, nos lo «señaló» y nuestra vida no se completa hasta que no «señalamos» a otros que también lo necesitan.
Ser cristiano es haber sido «señalado», elegido y aprender a elegir y «señalar» bien a los demás. Misionar es salir a «señalar» a los demás para mostrarles dónde está el verdadero Salvador. Misionar es también, al mismo tiempo, nunca creer que ya no se necesita alguno que nos señale a Jesús, al contrario, es darse cuenta que otros que parecen no saber, también son «rostro» de Cristo, también son corderos mansos de Dios.
De Algo del Evangelio de hoy, voy a tomar la actitud de los que van a preguntarle a Jesús por qué sus discípulos no ayunan, como actitud contraria a la de Juan el Bautista, la de «señalar» con el corazón. El tema del ayuno ya lo traté en muchos otros audios y lo retomaremos en el tiempo de Cuaresma. Esos que preguntan, que no sabemos bien quiénes son, pero que en otros evangelios dicen que son los fariseos, son los que «señalan» –con sus comentarios– pero no para que otros encuentren a Jesús, sino para que en el fondo los miren a ellos.
El fariseo es el narcisista por naturaleza o, dicho de otro modo, su segunda naturaleza es el narcisismo, desea mostrarse a sí mismo, ser visto por los demás. ¿Te parece extraño? No te creas, todos llevamos de algún modo un fariseo dentro del corazón, está siempre ahí, latente, queriendo salir a flote. El fariseo del Evangelio, el fariseísmo que contradice a Jesús, es el mismo fariseo que todos llevamos dentro y que muchas veces, en vez de «señalar» a Jesús para que otros lo amen, «señalamos» a los demás para encontrarles algún defecto, para encontrar un «pero», para encontrar lo que otros no hacen y que los demás se den cuenta lo que nosotros hacemos. Narcicismo encubierto.
Esa forma de «señalar» no debe ser la de nosotros, los que andamos queriendo amar a Jesús. Cuando señalamos así, muchas veces lo hacemos «bajo apariencia de bien», nos queremos convencer que lo hacemos por un bien, por amor a la verdad, por amor a lo que tiene que ser así, por amor a no sé cuántas cosas más, pero en el fondo es por amor a nosotros mismos, es para que los otros se den cuenta lo bueno que nosotros decimos o creemos ser.
«Los demás no hacen lo que hay que hacer y yo sí lo hago», eso está en el fondo de esas expresiones.
¡Qué lindo sería este mundo si en vez de señalar a los demás por lo que no hacen o deberían hacer, nos dedicáramos a señalar a Jesús con el corazón y con nuestras vidas! ¡Qué distinta sería la Iglesia si en vez de estar «señalándonos» entre nosotros por lo que hacen o dejan de hacer los demás, por lo distintos que son los otros, nos dedicáramos a rezar y a trabajar más por los otros!
Evitemos el «señalar» que juzga, el señalar soberbio y narcisista que está encontrando siempre el error, pero para que en el fondo vean lo bueno que somos nosotros. Practiquemos esta semana el «mordernos» la lengua antes de señalar algo de los otros, practiquemos esta semana abrir la boca solamente cuando del corazón esté listo para que salgan palabras lindas, para que pueda salir la mansedumbre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.