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II Miércoles de Cuaresma

Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo: «Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará.»

Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.

«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús.

Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

«No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?»

«Podemos», le respondieron.

Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.»

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Palabra del Señor

Comentario

No es bueno perder la memoria de las cosas lindas de la vida y de la fe, la memoria de las cosas que nos han pasado y nos pasan en la vida fueron como mojones de amor, de alegría, de gozo, para seguir adelante. ¿Te acordás que el domingo hablábamos de eso, de las transfiguraciones, o sea, de esas manifestaciones que tuvo Jesús para con nosotros? Cuando perdemos la memoria o cuando nos olvidamos o cuando nos acordamos mal o selectivamente, el corazón, de alguna manera, se nos «atrofia» y no se transforma, no se «transfigura» como Jesús quiere.

Por eso la Cuaresma es también un tiempo de ejercicio, de memoria, para recuperar la memoria de la fe, la memoria que nos ayuda a no dudar cuando en el presente todo parece «tambalearse», todo se quiere desmoronar. Nos llevamos de dudas, escuchamos voces disonantes, que nos tientan, que nos ponen pruebas. Cuando perdemos la memoria de lo que realmente somos, de lo que Jesús hizo por nosotros, terminamos cayendo en lo mismo que todos, terminamos «pisando el palito» de la soberbia, que siempre quiere aflorar en nuestro corazón y también perdemos la esperanza.

¿Qué crees que les pasó a los discípulos en el relato de hoy? Algo del Evangelio de hoy nos muestra claramente que «perdieron la memoria» o se olvidaron, y al olvidarse lo que Jesús les había dicho uno segundos antes, cuando les anticipó que iba a ser entregado, maltratado y crucificado, se dejaron «enfermar» por el ego, por su soberbia que ambicionaba un lugar sin importar lo que Jesús está haciendo y enseñando. Jesús habla un idioma, los discípulos otro, mucho más llano, mucho más carnal, digamos, mucho más mundano. Y una cosa lleva a la otra, la ambición, por supuesto, se alimenta de pequeñas ambiciones, suma ambiciosos a esas ambiciones y termina generando broncas entre otros ambiciosos.

Todo parece un trabalenguas, pero quiero que lo pienses un poco. Parece gracioso, pero es así. La escena de hoy es una película de lo que pasa cada día, en cada lugar, en tantos corazones como el tuyo y el mío, que se olvidan del amor de Dios y solo piensan en su lugar, en su «quintita», en su poder, en su puesto, en su prestigio, en definitiva, la pretensión de salvarse solos. La madre de Juan y Santiago ambiciona un lugar para sus hijos (queriendo realizarse ella por medio de ellos), cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Juan y Santiago ambicionan lo que ambiciona su madre y los otros diez se enojan porque en el fondo también ambicionan lo que ambicionaban los otros dos. ¿Te das cuenta la locura y la enfermedad de la soberbia?

Decir enfermedad suena bastante fuerte y duro, pero me refiero a esta tendencia espiritual que todos tenemos a querer ser alguien por medio de lo que hacemos. «Tenés que ser alguien en la vida», me dijeron alguna vez. Como si fuera que ya no lo somos, que ser alguien es hacer cosas pata los demás. La ambición y la soberbia, en todos sus matices y colores nos enferman, así, literalmente. Nos vamos enfermando en el corazón y algún día nos enferma el cuerpo, y a veces nos pasa factura. No nos damos cuenta que el mundo, la sociedad está enferma de soberbia.

¿Cuándo vamos a comprender esto que Jesús nos enseña? «Entre ustedes no debe suceder así». Jesús sabe que esto pasa, pero nos vuelve a decir: «Entre ustedes no debe suceder así». No podemos hacer en la Iglesia lo mismo que se hace afuera, lo mismo que hace todo el mundo, lo mismo que pretende hacer nuestro corazón, porque no estamos ajenos a esa enfermedad. No podemos, porque hace mal, enferma a todos.

¿Nos damos cuenta a veces lo que ambicionamos? ¿Nos olvidamos de que aquel al que seguimos vino a servir, pero a servir con amor? Eso es lo que no tenemos que olvidar nunca para evitar pisar el palito de la ambición y soberbia de nuestro corazón, que es capaz de olvidarse de todo en minutos, por un simple lugar, por un simple y deseable lugar de poder, tanto en la Iglesia, como fuera de ella.

Que nuestro corazón no ambicione otra cosa que amar, que amar con libertad, sin poder sobre los otros, sin manipular a nadie. Podemos. Podemos decir con los discípulos, tal vez un poco inconscientes… «podemos», podemos, Señor, «beber el cáliz del amor, beber el cáliz de la entrega», podemos vivir tu misma vida Jesús, no buscando sobresalir por sobre otros, por ambición, sino solo por amor. Como dice san Pablo: «Que la única deuda con los demás sea la del amor». Nada más que eso.

Jesús se encargará de purificar nuestros «podemos», a veces un poco egoístas, y por eso tomó el «podemos» de Juan y Santiago y finalmente los llevó a donde él quería, que entreguen su vida por amor a los demás. Aunque nuestros podemos sean un poco impuros, digamos, con todo el corazón: «Señor, puedo beber tu cáliz, puedo llevar la misma vida que vos llevaste por mí, si me entrego con amor y por amor como vos me enseñaste».

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.