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III Lunes durante el año

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios.»

Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre.»

Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».

Palabra del Señor

Comentario

A veces a los sacerdotes, como a cualquier ser humano, nos puede pasar que «no sabemos bien qué decir» al escuchar nosotros mismos el Evangelio. Puede pasar, no somos robots, somos también oyentes de la Palabra de Dios, como intentás serlo vos día a día, y por eso también lo que podemos llegar a decir cada día, también depende de cómo estamos en ese día, cómo nos levantamos, como se dice. Hay días que las cosas fluyen, como se dice, también hay días que las palabras se traban, hay días que no sale nada, hay días y días. Por eso, hay que preparar rezando todos los días lo que podemos decirle a los demás, es lo ideal.

Por eso tenemos que invocar siempre al Espíritu de Dios, que fue el que las inspiró, para que nos ayude a decir lo mejor que podamos decir y de la mejor manera que lo podamos decir, para no decir sonseras que finalmente no enriquecen nada. Lo peor que podemos hacer los sacerdotes día a día, es decir sonseras o palabras vacías y no tomarnos en serio esta tarea tan importante.

Pero bueno, somos débiles, a todos nos pasa y nos cuesta muchísimo. El papa Francisco nos escribió algo al respecto sobre la homilía, que decía así: «Sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar».

Bueno, ¿por qué digo esto? No solo porque hoy es un día de esos en los que no sé mucho qué decir y tuve que acudir con más fervor al Espíritu Santo para que me ayude, sino porque es algo que también todos tenemos que tener en cuenta al escuchar la Palabra de cada día. No siempre estamos igual, tanto los que predicamos como los que escuchamos, y la eficacia de lo que decimos y escuchamos, depende del estado de nuestro corazón.

Muchas veces te lo dije, obviamente no es lo mismo escuchar la Palabra de Dios habiendo preparado el corazón, estando en un lugar en paz, tratando de alejar los ruidos que nos pueden distraer, no haciendo otra cosa, que hacerlo mientras nuestro cuerpo y corazón están pendientes de otras cuestiones. Se puede ir mejorando siempre.

Te aconsejo dedicarle a la escucha de la Palabra de cada día, un lugar privilegiado, como a veces le dedicamos a leer otra cosa, o a ver una película, o a fumar un cigarrillo incluso, algunos, o mirar un video, lo que sea, a hablar con un amigo, a tantas cosas más. Se puede siempre hacer algo más y hacer algo mejor. Bueno, se me hizo un poco largo la introducción, pero siempre se puede más, no te olvides de eso.

Algo del Evangelio de hoy muestra hasta dónde puede llegar la cerrazón del corazón del hombre. Ver y no querer ver o no querer creer. Ver el poder de Jesús y atribuírselo al mismo demonio. La comparación del Maestro es más que clara. Es ridículo pensar que el demonio está luchando contra sí mismo, ni siquiera siguiendo la lógica de la guerra, era lógico lo que los escribas le recriminaban al mismo Jesús. Pero mirá… justo ahí está el punto.

Cuando el corazón está cerrado, ciego, se pierde incluso el sentido menos común en el ser humano, el sentido común. Podemos llegar incluso a negar la realidad más visible, más palpable, más evidente. Eso les pasó a los fariseos y a los escribas, incluso viendo cosas buenas. La ceguera pasa por no poder ver lo bueno y por eso la culpa es del demonio, por eso hay que buscar siempre un culpable, un chivo expiatorio, una causa distinta a la ordinaria. Cualquier cosa la culpa es del otro, no de nuestra ceguera.

¿No te pasó eso alguna vez? ¿No nos pasó alguna vez?, seamos sinceros. Nos pasa a nosotros a diferentes niveles. No vemos lo evidente muchas veces en muchos aspectos. No podemos ver todo lo bueno que hay, todo lo bueno que hace Jesús en tantos corazones, incluso en el tuyo y en el mío. No podemos ver que el Reino de Dios está entre nosotros, en nosotros, y seguimos buscando por no sé dónde, pretendiendo que Dios haga lo que nosotros queremos.

Y lo peor que nos pasa a veces, es que cuando lo empezamos a ver parece que no queremos y es como si nos volviéramos a tapar los ojos para dejar de ver esa realidad, ¡no vaya a ser que tengamos que reconocer nuestro error! El gran promotor de nuestras cegueras es el orgullo, que jamás quiere dar el brazo a torcer, jamás quiere perder un partido, «si no lo gana, lo empata».

Por eso, dice Jesús que hay un solo pecado que no podrá ser perdonado jamás, y es el de la ceguera que nos haga blasfemar contra el mismo Dios negando su acción en este mundo, su bondad, su deseo de librarnos, de sanarnos, de perdonarnos. Dios nos libre de llegar algo así, de rechazar la bondad de Dios, de estar viendo sus milagros con los ojos del cuerpo y no querer aceptarlos con el corazón. Eso jamás, por favor. Por favor te lo pedimos, Señor, no lo permitas.

Pidamos hoy que Jesús nos libre de nuestras pequeñas cegueras que hacen que todos los días nos perdamos de ver cosas tan maravillosas en nuestras vidas, en la de nuestras familias, en la Iglesia, e incluso en este mundo, donde hay mucho Reino de Dios y no podemos verlo.

Que tengamos un bien día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.