«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»
Palabra del Señor
Comentario
La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».
Es bueno que pensemos a qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, representado por el pan. Se refiere, por supuesto, a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestras vidas. Somos cuerpo y espíritu, espíritus corporizados, espíritus en cuerpos, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas, no solo vivimos para saciar nuestra hambre biológica, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que –como decía el Principito, ¿te acordás? – es invisible a los ojos, pero que es esencial y sensible al corazón. Sin amor no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero motor y alimento de nuestras vidas y la prueba más palpable de esta verdad es que hay personas que tienen todo lo material que podamos imaginar y mucho más, además, que les sobra, y sin embargo muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, podemos encontrar personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y, sin embargo, viven en una cierta plenitud espiritual o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir solo volcados hacia afuera, buscando satisfacer las necesidades del cuerpo nada más, finalmente nos deja vacíos. Si vivimos centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad, muchas veces puede ser un síntoma de que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo. Todos podemos creer en Jesús y, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción del corazón en la que vivimos muchas veces es como un termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero que todavía no nos satisface creer.
¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, amándolo, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestras vidas por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente de él. Y lo más lindo de todo, que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros muchas veces ponemos trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solamente por un momento.
El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.