Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».
Palabra del Señor
Comentario
Este es un domingo en donde se nos invita a la felicidad, a la bienaventuranza, a pensar qué significa eso para nosotros, esa palabra tan usada, pero muchas veces tan mal usada y tan deseada por todos. En realidad, no la palabra en sí, sino lo que significa.
Nunca olvidaré y cada vez que escucho este Evangelio cuando tuve la gracia de esta en ese monte, en ese lugar donde Jesús proclamó el Sermón de la Montaña y de donde salieron de su boca estas palabras maravillosas, llenas de espíritu y de verdad que permanecen y atraviesan todos los tiempos.
Jesús sabe lo que necesitamos, Jesús conoce nuestro corazón y desde ese monte, ese día parado ante una multitud, proclamó estas palabras que quedarán para siempre en la memoria de la comunidad de la Iglesia y que tienen que seguir permaneciendo en tu corazón y en el mío.
Decíamos que es el domingo donde se nos invita a la felicidad, por supuesto no a la felicidad que se fábrica desde afuera. Imagínate que Jesús no haría eso. Es a veces la falsa felicidad que nos quieren vender por unos pesos o unos dólares. Es el domingo de la felicidad, pero de la verdadera, la que perdura y viene de Dios Padre si vivimos como él quiere, siguiendo siempre su voluntad. Es el domingo de las Bienaventuranzas, en donde Jesús nos abre su corazón para siempre.
Son felices entonces los que se dan cuenta que la felicidad no solo se construye día a día con las propias decisiones, sino que también se encuentra cuando se aprende a renunciar a las propias decisiones, a ser los propios artífices de nuestras vidas.
Son felices lo que descubren que la humildad y la pobreza de corazón son condiciones necesarias para encontrar la paz que perdura para siempre.
Serán felices los que aun en medio de un mundo que promueve solo el tener por el tener, aprenden a tener solo lo necesario y comparten con los que no tienen tanto, como don Reyes; ese hombre que conocí en el cerro que vivió siempre ahí y que era feliz con muy poco, y que me contaba que, de sus ciento diez ovejas, treinta fueron matadas por un perro. Y me lo contaba con una tranquilidad que a mí me dejaba pasmado, porque en el fondo su felicidad no estaba puesta en sus bienes, que en ese caso eran sus ovejitas, sino en el vivir el presente. Por eso, serán felices los que se alegran por poseer lo que nadie nos podrá quitar, el amor de nuestro Padre en nuestros corazones.
Serán felices los que descubran que ser felices es también una promesa de Jesús para los que viven como él, sencillamente, con un corazón humilde, para los que aprenden de su mansedumbre y humildad. Serán felices los que sufren, pero se dejan consolar porque reconocen que son necesitados. Serán felices los que al afligirse como nos pasa a todos aprenden a abrir su corazón sin temor a la humillación por su debilidad.
Serán felices los que sufren, pero se dejan consolar por Jesús, que no solo consuela en el silencio, sino a través de otros hermanos sufrientes. Serán felices los que a pesar de que el sufrimiento no nos gusta, aceptan que es parte de la existencia y, que, sin buscarlo, logran darle un sentido más profundo.
Son mucho más felices los que saben esperar e intentan llevar el ritmo de Dios, no el propio. Son mucho más felices los que no pierden la paciencia por estar esperando las cosas que ellos creen que necesitan o que las cosas sean como ellos pretenden que sean. Son mucho más felices los que por ser pacientes descubren que la vida y los demás tienen muchas cosas lindas para darles.
Son muchos más felices aquellos que esperan sabiendo que el tiempo sabe curar las heridas y los que aprenden también con paciencia a convivir con la debilidad propia y ajena, y no esperan un mundo perfecto que acá no existe ni existirá. Son mucho más felices los hijos de Dios que a pesar del sufrimiento y dolor de esta vida, saben que el Padre algún día nos hará participar de la Vida eterna, de la eterna felicidad.
Es feliz entonces el que busca y busca, con la certeza de que solo el que «busca, encuentra».
Es feliz el que no baja los brazos y lucha día a día por la santidad, por hacer la voluntad del Padre, aun en medio de sus pecados, aun cuando no comprenda. Es feliz el que sabe que la santidad viene de Dios y no es un trofeo a alcanzar, solo él puede hacernos santos.
La felicidad la vamos a encontrar en el perdón y en la misericordia, en vivir la experiencia de sentirse perdonado siempre y de jamás retener el perdón a otros que nos ha ofendido a nosotros o a la humanidad. La felicidad es la alegría de no guardar rencor en el corazón por tener la certeza de que Dios no lo guarda jamás con nosotros. La felicidad que proviene de la misericordia no puede compararse con ninguna, porque quita el peso del alma que solo Dios puede quitar.
Siempre será feliz el que mira con el corazón, con un corazón puro que jamás distorsiona la imagen de los demás. Siempre será feliz, aun en medio de un mundo bastante turbio, aquel que no se deja ensuciar el alma con las impurezas que no nos dejan en paz. Siempre será feliz el que no juzga, el que no critica, el que no mira a los demás con los anteojos del orgullo personal.
Los felices de este mundo son los que trabajan por la paz del corazón y de su entorno. Los felices de este mundo son los que buscan la paz luchando interiormente por amar y salir de sí mismos. Son los que viven como hijos de Dios sin pretender grandezas humanas.
Se puede ser feliz aun en medio de la prueba y la persecución, no porque sea linda, sino porque se sufre con amor y por amor. Se puede ser feliz siendo perseguido y calumniado como le pasó al mismo Jesús, aunque nos dejen solos, porque en el fondo nunca está solo quien se siente amado y ama a su Padre del cielo. Podremos ser felices si esa persecución y crítica se convierte en oración y perdón para los que nos persiguen.
¿Todavía crees que la felicidad puede venir de un papel, de un decreto, o que la felicidad se compra en cuotas? Jesús nos invita a una felicidad mucho más grande y duradera. Y en este domingo intenté contarte de alguna manera lo que Jesús nos enseña con las Bienaventuranzas.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.