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IV Jueves de Pascua

Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:

«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.

Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.

Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»

Palabra del Señor

Comentario

A veces decimos: «Dios quiera que tengamos un buen día, Dios quiera que pueda hacer tal cosa, Dios quiera que nos veamos». Más como una expresión de deseo de lo que nosotros queremos que Dios quiera, y no tanto como una realidad, porque no sabemos siempre perfectamente lo que Dios quiere, en algunas cosas están muy seguros, pero no tanto en otras. Lo claro es que Dios quiere que seamos felices, que estemos bien, que tengamos un buen día. Cómo Dios no va a querer que tengamos un buen día, si es lo único que él quiere, que vivamos en paz, que vivamos felices, que amemos. Pero bueno, así lo decimos, simbólicamente, así está como apoltronada esta frase, en nuestro lenguaje. Dios quiera. ¿No? Dios quiera. Pero digamos así: Dios quiere que tengas un buen día. Él quiere que hoy estés bien, quiere que te levantes, quiere que dejes de mirarte el ombligo, quiere que mires a tu alrededor y que veas todo lo bueno que él nos da, todo el amor que nos concede, su palabra que nos consuela, la presencia de tu familia, de los que están y de los que no están, que no dejarás de amar nunca, ni ellos tampoco.

Dios quiere que hoy tengamos un buen día, que cumplamos su voluntad, un día en el que podamos descubrirlo a él en todas las cosas y que todas las cosas nos hablen de él. Porque el que tiene fe empieza a escuchar la voz de Dios en cualquier cosa. Y para eso es necesario empezar el día escuchando lo mejor que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios.

Me acuerdo que una vez me llegó un mensaje muy lindo en el que me mostraban lo que alguien proponía en un grupo de WhatsApp, como diciendo: «Escuchen, escuchen esto, yo no soy muy practicante, pero me animo a mostrarles esto, anímense a escuchar, no soy demagogo, no como diciendo, no estoy predicando, no me pongo de ejemplo, pero anímense a escuchar». Qué lindo es ver cuando alguien se juega por otros, para que otros hagan algo o escuchen algo que les hace bien. Hacé lo mismo, ¡anímate! ¡Anímate a mandar este audio u otro, el que tengas, el que te guste, este audio sencillo a alguien que seguramente lo necesita, que por ahí le va a costar al principio, porque de golpe ver un audio de siete, de ocho, nueve minutos cuesta, a mí también, pero, si pone un poquito de esfuerzo, si ponemos un poquito de esfuerzo, les va a hacer muy bien!

Retomemos también algo de lo de estos días. Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él o nuestra manera de rezar o nuestra imagen que tenemos de Dios Padre, que a veces está tan desdibujada o caricaturizada. Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar y, además, porque no sabemos a quién escuchamos, cómo es ese Dios, al cual decimos que le hablamos. No sabemos detenernos y frenar un poco. En realidad, no sabemos con quién estamos hablando y tomar conciencia de que estamos hablando con el Padre, o sea, saber bien lo que estamos haciendo, nos ayuda a rezar con un corazón y con verdad. Preguntando también se aprende: ¿A quién escuchamos cuando escuchamos a los demás? ¿A quién escuchamos cuando escuchamos a Jesús? ¿A quién escuchamos cuando recibimos a otros? ¿A quién recibimos cuando recibimos a Jesús? Escuchar a los demás con amor, es escuchar a Jesús en los otros y escuchando a Jesús en los otros, escuchamos al Padre. ¡Qué extraño!, ¿no? ¡Qué misterio, pero qué gran verdad nos enseña el Evangelio! Escuchar es recibir y recibir es servir. Esta es un poco la lógica de Algo del Evangelio de hoy, continuando con lo de estos días. Y, hablando vulgarmente, es como decir que es una cadena de favores.

El Padre que envía a su Hijo para servirnos, para darnos vida, para lavarnos los pies, para amarnos y darnos su vida por nosotros y nosotros que, si nos dejamos servir por Jesús, si nos dejamos amar, tenemos que experimentar que es Dios Padre quien nos está sirviendo y, al mismo tiempo, eso nos tiene que mover desde adentro, desde lo profundo del corazón a ayudar, a poder hacer lo mismo con los demás, porque «el servidor no es más grande que su Señor».

La lógica de Dios invierte la lógica, no tan lógica, del hombre, la tuya y la mía, que pensamos que, por ser más grandes, por estar más acomodados, por estar en un nivel de poder más alto, podemos llegar a pensar que los demás tienen que servirnos o que tenemos algún derecho sobre otros, un privilegio. Casi que naturalmente pensamos que, a medida que crecemos, tenemos que ser servidos. Y por eso un jefe a veces se puede creer que tiene derecho a ser servido por sus empleados casi como esclavos y, por eso, a veces un sacerdote no entiende esta parte del Evangelio, como me puede pasar a mí también, y pretende que sus fieles deben rendirse a sus pies. Y por eso un padre de familia puede confundirse y pensar que sus hijos son producto de él y son para servirlo. Nada de esto… o una madre también. Nada de esto es el mensaje de Jesús, porque nada de esto hizo Jesús. Todo lo contrario. Él vino a servir siendo el más grande, siendo Dios. Vino a lavar los pies siendo el Maestro. Vino a perdonar siendo que no tenía pecado, vino a morir siendo inmortal, vino a hacerse hombre, siendo Dios. Seguro que a medida que escuchamos por ahí estamos diciendo: «Esto ya lo sé, esto ya lo escuché mil veces». Bueno… pero con saberlo, sabés qué… no alcanza. Si no, escuchemos a Jesús otra vez: «Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican». No somos felices por saber cosas buenas. No somos felices por acumular una cierta sabiduría humana, o incluso teológica, para nuestro orgullo y regocijo. No somos felices por aprender nuestra fe y saber explicarla perfectamente y que los demás se maravillen. No seremos felices por tener muchos títulos; no seremos felices por ganar un premio Nobel; por plantar un árbol, por tener un hijo; sino que seremos felices, si descubrimos que la felicidad está en practicar concretamente y, cada día, lo que Jesús hizo concretamente y hace cada día por nosotros. Jesús sigue lavándonos los pies, sigue sirviendo al hombre, sigue sirviéndote a vos y a mí, a fuerza de amarnos y servirnos, nos quiere despertar la conciencia de que, una vez por todas, de que una vez por todas, nos demos cuenta de que «tenemos que devolverle el favor con amor», amando y sirviendo a los demás.

Hoy, concretamente, sin esperar, sin soñar grandes cosas, en donde nos toque, ahora, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en lo que hacemos, ahora podemos amar, ahora podemos hacer lo mismo que Jesús.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.