Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón.
Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.»
Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»
Palabra del Señor
Comentario
Andar por el camino de la Palabra, de la escucha, no es siempre sencillo. Uno pasa muchas veces por todos los estados de ánimos espirituales posibles y muchas veces las crisis llegan, tarde o temprano. Es normal, es parte del camino. Hay momentos llamados de consolación y desolación o desconsolación. Es normal. A todos nos pasa. No es ser humano, con todas las letras, quien está siempre igual, quien está «como si nada pasara». Eso no es real, somos mortales y débiles, aunque a veces pretendamos ser ángeles perfectos. Justamente ahí, radican muchas de nuestras crisis espirituales, en no aceptar que las crisis son parte de la vida; el pasar, el cambio, el que no todos los días estamos igual, el que lo lindo no dura para siempre, y que lo malo tampoco. Sin embargo, muchas veces andamos tristes o enojados, justamente por pretender imposibles que finalmente nunca se dan.
Lo más lindo y reconfortante sería lograr empezar el día dando gracias y ofreciendo todo lo que aparezca en el camino, y casi lo mismo al terminarlo… dar gracias por todo lo que se vivió y pedir perdón por lo que se podría mejorar. Si pudiéramos vivir los días así, en realidad nos ahorraríamos muchos disgustos. Cuenta una anécdota lo que san Ignacio de Loyola hizo ante una malísima noticia recibida, que en nada favorecía a él, ni a los jesuitas, ¿sabés qué hizo? Fue quince minutos frente al santísimo, a dejar que todo se solucione al modo de Dios, con los tiempos de Dios. Parece una actitud infantil, irracional, pero en realidad es el modo de «trabajar como si todo dependiera de nosotros y rezar como si todo dependiera de Dios», es una buena manera de no creernos omnipotentes y confiar en que las cosas tienen su porqué más allá de nuestras fuerzas, de nuestras decisiones, de lo que nosotros queremos.
Por eso cuando uno escucha que de labios y del corazón de Jesús salieron estas palabras: «…ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre», ¿puede quedar lugar a la duda? ¿Puede quedar lugar al miedo? Jesús se refería a nosotros, a sus ovejitas, a los que escuchamos cada día su voz, a los que intentamos seguirlo día a día. ¿No te parece lindo, maravilloso? ¿No te da paz escuchar semejante afirmación? ¿Por qué preocuparse tanto de las cosas que pasan o que nos pasan? Solucionemos lo que está a nuestro alcance, lo demás hay que dejarlo. ¿Qué nos pasa que no terminamos de confiar en que esto es realmente así? Bueno las respuestas pueden ser muy variadas, según la cantidad de oyentes, pero es algo que tenés que preguntarte vos, que me pregunto yo, que tenemos que preguntarnos todos. Deberíamos poder vivir en paz intentando escuchar todos los días la voz de Jesús que es nuestro Verdadero Pastor. Podríamos pensar que entramos en el miedo, en la angustia, cuando dejamos de escuchar la voz que nos hace tanto bien y nos dejamos llevar por otras voces. Voces que nos tiran abajo; voces que no nos hacen luchar cada día; voces que parecen amigas, pero en realidad nos destruyen; son voces que salen de adentro nuestro o que vienen de afuera. Está lleno de falsos pastores que nos quieren guiar hacia otros pastos, no necesariamente malos, sino otros pastos que nos alejan de los manjares de Dios.
Algo del Evangelio de hoy nos llena de ánimo y de esperanza. Las manos del Padre siempre están para abrazarnos, para tomarnos, para salvarnos, para cuidarnos, para acariciarnos, para demostrarnos su amor. Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a comprender que las manos del Padre, esas de las que nos habla Jesús, son esas manos de tantos que nos quieren, que nos buscan, que nos dan una mano con su ayuda, una palmada, un empujón, un abrazo, una caricia y nosotros muchas veces las hemos esquivado, por creernos omnipotentes, por creernos que no estamos necesitados. Las manos del Padre son las manos de nuestros hermanos que son hijos de ese mismo Padre. Por eso Jesús dice que él y el Padre son una sola cosa.
El Hijo quiere siempre lo que quiere el Padre. Jesús quiere que seamos hijos y hermanos. Quiere que queramos lo que él quiere.
¿Qué es lo que nos asegura permanecer siempre en las manos del Padre, o sentirnos en sus manos? No dejar de escuchar nunca la voz de Jesús. Eso que hizo san Ignacio cuando recibió esa mala noticia para su congregación, para él, sumergirnos en él, en la oración el tiempo que podamos para dejar todo en «sus manos», porque en definitiva nuestra vida «está en sus manos» lo aceptemos o no y solo si sabemos entregarla a nuestra vida, sabremos vivirla como él quiere.
Por eso, en este día te propongo y me propongo que de algún modo miremos al cielo, levantemos las manos. Hay un canto muy lindo que dice así: «Cierro los ojos, levanto mis manos, para darme cuenta que estoy en sus manos». Es un símbolo, es un signo, pero nos puede ayudar. No nos olvidemos que estamos en las manos de Dios. Nuestros familiares están en las manos de Dios. Es verdad nosotros podemos querer tirarnos de esas manos, querer escaparnos, pero en definitiva siempre estaremos en sus manos. Eso nos tiene que dar paz, no nos angustiemos, no gritemos, no nos enojemos, no nos peleemos con nadie. Si nos increpan, callémonos. Estamos en las manos del Padre, ¿qué mal nos puede suceder?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.