«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»
Palabra del Señor
Comentario
Llegamos al final de esta cuarta semana de Pascua. Espero que la hayas disfrutado, que estés disfrutando mucho de escuchar la Palabra de Dios, especialmente este Evangelio maravilloso de san Juan que es una delicia y que seguiremos disfrutando durante todo el tiempo pascual, en todas las semanas, durante la semana.
Alguna vez me dijeron: «Padre, me estoy volviendo adicto a la Palabra de Dios». Muchas veces me dijeron eso. En realidad, es una palabra que suena un poco fuerte, puede parecer incluso dura o que es peyorativa hacia los que sufren esto, pero, si la entendemos bien o a lo que se refirieron cuando me dijeron eso, creo que es muy lindo pensar así. Es una manera de decir: «La verdad que me atrapó, me sedujiste y me dejé seducir, Señor». Es lindo poder sentir y comprender que no deberíamos pasar ni siquiera un día sin escuchar la Palabra de Dios, sin una santa «adicción», pero llamémosle mejor «enamoramiento», que no nos haría mal, nos haría también mucho bien.
Sin embargo, podemos vivir en un mundo que a veces se burla de los «excesos con Dios». Podemos ser «fanáticos» como se dice de cualquier cosa en esta tierra, de hecho, parece que está bueno decir que sos fan de algo y no vas a escandalizar a nadie, ahora… si sos «fanático» de Dios, de Jesús, parece una exageración. ¿No? En realidad, no somos fanes de nadie, de ningún sacerdote, no deberíamos serlo, tampoco somos fanes de Jesús, no es una palabra linda para pensarla hacia él. Pero te dicen a veces o nos dicen: ¡Pareces un «fanático» o una «fanática» !, o sea, alguien que no piensa, que no piensa por sí mismo. Obviamente que Jesús no quiere fanáticos para con él, Dios Padre no quiere mascotas, no quiere esclavos, sino que quiere hijos, pero hijos de verdad, que tengan en su corazón una linda y única obsesión: enamorarse más de él.
Me gusta mucho esta oración, que la volví a leer en estos días después de mucho tiempo, de un sacerdote de apellido Arrupe, dice así: «¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamorás atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama a cada mañana, qué hacés con tus atardeceres, en qué empleás tus fines de semana, lo que leés, lo que conocés, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanecé en el amor! Todo será de otra manera». Bueno, una linda y sabia manera de enamorarse de alguien es sentarse a escucharlo y contemplarlo. Eso es lo que nos proponemos cada día. Podemos pedir esto que nos hace tanto bien.
Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de él, con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como le pasó a Felipe, que nos muestren más que a Jesús. «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras».
Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó en Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nada podrá quitarle. Eso le decía Daniel –mi amigo– a Facundo, ese chico que había tocado fondo con las drogas, le señalaba a la cruz y decía: «Háblale a él, háblale a Jesús porque él te va a llevar al Padre». Se lo decía con una convicción y una fe que conmovía. Hablémosle a Jesús, porque, si le hablamos a él, él intercede por nosotros ante el Padre.
Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más, que necesitemos manifestaciones más visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», de una manera positiva, con menos, y que, en el fondo, siempre, es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que ya tiene. En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía lo es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más, cosa lógica y que ayuda, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y paciencia.
Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que realmente vale la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera». Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre, que él nos lo concederá.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.