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Solemnidad de Navidad

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros.» Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

En realidad, este audio te estará llegando el veinticuatro a la mañana; algunos, al mediodía; otros, a la noche, pero el Evangelio que acabamos de escuchar es el Evangelio de la Nochebuena, de la Misa de la vespertina. Por eso, dije solemnidad, porque la verdad que hay un Evangelio el veinticuatro a la mañana, pero es poca la gente que puede ir a Misa un veinticuatro a la mañana. En general, vamos a Misa a celebrar la Nochebuena, el veinticuatro. Pero bueno, acá estamos.

Llegamos a la Navidad, las vísperas del día más santo de todos. Y llegamos, como dije varias veces, como llegamos, como estamos, como hemos podido vivir estos días, este año tan particular, porque cada año es particular, cada año fue lo que fue. No hay tiempo para lamentarnos ni para manejar nuestros sentimientos por decreto.

No se manejan los sentimientos por decreto de necesidad y urgencia. Es verdad que intentamos hacer un camino estas semanas, pero, bueno, acá estamos, cada uno llega como llega. No hay que inventar nada. No hay que esconderle nada a Dios, no hay que tapar nada ni tirar la basura bajo la alfombra. Hay que ser lo que somos y estar como estamos, pidiendo ser sorprendidos por Jesús de alguna manera.

Vuelvo a decir, no sé cuándo escucharás este audio, si hoy a la mañana, a la tarde o a la noche, o incluso no sé si lo escucharás. Bueno, si estás escuchando, es porque justamente estás en eso. Dios quiera que escuches el relato del nacimiento de nuestro Salvador, que lo escuches como algo sagrado. ¿Y por qué no al lado de un pesebre? ¿Por qué no en familia? No importa dónde estés o con quién pases hoy la Nochebuena; por supuesto que sí, con los seres queridos que Dios puso a tu alrededor. Lo fundamental es que escuchemos también lo que pasó, para que entendamos lo que celebramos, para que vivamos lo que celebramos. Si no, ¿qué vamos a festejar hoy a la noche y mañana?

Te propongo y me propongo un lindo ejercicio: imaginar que tenemos un niño recién nacido en los brazos. Si sos mamá, se te va a ser mucho más fácil, por ahí ya lo tenés, porque nació hace poquito. Si sos padre también, solo tendrás que recordar cuando tuviste a tu hijo por primera vez en brazos. Si no tuviste hijos, pensá cuando tuviste a tu hermano o algún sobrino, un ahijado y el hijo de un amigo o de una amiga. Todos podemos recordar ese momento tan maravilloso y es lindo hacerlo.

Imaginemos que lo tenemos en brazos, como lo más frágil que hay, como lo más tierno y delicado que podemos tener en nuestras manos. No queremos despertarlo ni molestarlo. No queremos hacer «muecas» ni cara ni nada por el estilo. No queremos que llore, no queremos que sufra. Solo queremos que duerma y queremos mirarlo hasta cansarnos. Si sos mamá, ¿cuántas horas habrás pasado con tu hijo, con tu hija en brazos? Si no sos mamá o papá, ¿cuánto desearías tener a tu futuro hijo en brazos? Si tenés un niño, probá hacerlo directamente en este momento o cuando puedas.

Tomémonos un tiempo para pensar y meditar en esto. Es posible hacerlo, es un día tranquilo. Podemos hacer el esfuerzo para estar tranquilos. Hoy a la noche, casi como queriendo tapar esta verdad, esta necesidad imperiosa de silencio, va a empezar el ruido que tapará lo que Dios quiere que reluzca. Bueno, con el niño en brazos intentemos vivir esta experiencia y, una vez que seamos conscientes de esto, preguntémonos algunas cosas. ¿Nos damos cuenta de que Dios realmente nació y vivió como un niño? ¿Nos damos cuenta de lo que significa esta realidad?

Pensar que Dios quiso estar en brazos de una mujer y de un hombre. ¡Qué locura de Dios! Solo Dios puede ser tan loco, estar tan loco de amor por nosotros, hacerse más pequeño de lo que es. Bendita locura de Dios que con tanto amor logra que se estrellen y destruyan todas nuestras ansias de grandiosidad, de soberbia. «Toda esta locura destruye a los soberbios de corazón», dice la Palabra. Pensar que Dios fue débil, vulnerable y frágil como lo fuimos cualquiera de nosotros cuando nacimos.

¿Qué nos dice todo esto? ¿No será que Dios de alguna manera quiere que aprendamos a abrazarlo como si fuera un niño, porque lo fue? ¿No será que Dios mismo se hizo niño para no forzarnos a nada, sino al contrario, para atraernos con dulzura, inocencia y fragilidad? Pensar que Dios lloró y necesitó ser cuidado por su madre. Locura de locuras. ¿No será que debemos volver a tener una experiencia de Dios que necesita de nosotros y se deja abrazar por hombres frágiles y pecadores? ¿No será que nosotros mismos tenemos que volver a aprender a dejarnos abrazar, cuidar, a amar? ¿No será que en la medida que crecemos vamos dejando de ser lo que en realidad Dios quiere que seamos, débiles y necesitados, como niños?

Sería bueno que hoy podamos imaginar esta gran locura de amor de Dios y que esa locura nos despierte, nos convierta, nos conmueva, nos sorprenda y nos dé ganas de recibir realmente el amor de Jesús en nuestros corazones. Se puede, creo que se puede. Mientras tanto, entre tanto ruido y superficialidad, intentemos abrazar al Niño Jesús que se manifiesta en los más cercanos, en los más necesitados, en los más débiles, en los más pobres, en nuestras familias, en aquellos que nos cuesta amar, en los presos, en los enfermos. Bueno, tantas posibilidades de abrazar al Niño.

Ese Dios es el que quiere habitar en nuestros corazones, el que necesita que nuestro corazón sea un verdadero pesebre; frágil, a veces no tan limpio, con buen olor, a veces un poco sucio, pero ahí está. Un pesebre, un pesebre abierto a los demás puedan venir a visitarlo como los pastores, como María, como José, como los reyes, como tantos otros que se acercaron ese día a estar con el pequeño, con ese signo que misteriosamente era Dios hecho hombre.

Que esta Navidad podamos disfrutarla en familia, pero realmente unidos a Jesús, como él lo desea. Que tengas una feliz y santa Nochebuena. Feliz y santa Nochebuena de todo corazón.