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V Domingo durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo pasado decíamos que era, de alguna manera, el domingo de la felicidad, el domingo en el que Jesús con sus palabras nos invitaba a reflexionar sobre la felicidad y nos prometía obviamente la verdadera felicidad, abriéndonos su corazón y mostrándonos el camino. Durante toda la semana hablamos de la felicidad, y finalmente tomando palabras de san Agustín dijimos que «es feliz el que ama y se siente amado».

Pero no hay que olvidar algo importante también. Sería incompleto hablar de que Jesús nos invita a una felicidad puramente individualista, diríamos, narcisista, a una búsqueda casi alocada por ser lo que uno quiere ser o lo que uno siente que tiene que ser, olvidándose de que a nuestro alrededor hay muchos otros que también desean y buscan lo mismo, todos en definitiva queremos ser felices, incluso otros que la pasan verdaderamente mal. Podríamos decir que hay mucha gente que no puede ser feliz, que no tiene los medios para ser feliz, ni materiales ni espirituales.

Si fuese así nomás, si fuese que Jesús nos invita a una felicidad personal, sería un poco más de lo mismo, más de lo que nos proponen las ideas de este mundo. «Mientras seas feliz…», «Hacé lo que te haga feliz», «Mientras él sea feliz, que haga lo que quiera». Son frases muy lindas, son frases que nunca van a encontrar oposición, y todos las van a aceptar, y a todos les parecerá muy lindo. Pero… a esas frases que se repiten en nuestras familias incluso les falta muchas cosas, les falta algo.

Somos llamados a la felicidad entre todos, y nadie puede ser feliz solo. Nadie se salva solo, nadie puede amarse a sí mismo nada más y sentirse amado solo. Nadie puede ser completamente feliz mientras vea a alguien al lado que no es feliz ¿Cómo se puede pretender ser feliz si no se tiene en el horizonte de la vida otras personas, que nos ayudarán a ser felices y otras a las cuales nuestra felicidad les hará muy bien?

Bueno, creo que Algo del Evangelio de hoy completa la invitación del domingo anterior, o le da un cierre. «Ustedes son la sal de la tierra. (…) Ustedes son la luz del mundo». No somos sal para no sala, obviamente, y no somos luz para no iluminar. Parece muy tonto y elemental, esto que digo, pero es tan necesario de escucharlo una y otra vez más.

Jesús nos mira una vez más y nos dice al corazón a todos los bautizados, a vos y a mí, a todos los que nos sentimos y creemos cristianos, sus discípulos: Ustedes, ustedes SON sal, ustedes SON luz. No dice que algún día lo seremos, sino que ya lo somos. Por eso el primer paso es darse cuenta lo que ya somos, para obrar según lo que somos. Fuimos elegidos para salar e iluminar. «Ser cristiano significa esencialmente pasar del ser para sí mismo al ser para los demás. Esto nos ayuda a entender también el concepto de elección, a veces un poco extraño para nosotros.

Elección entonces no significa preferir a un individuo y separarlo de los demás». … Ser elegidos, ser sal y luz del mundo no quiere decir que Dios nos prefirió a nosotros y despreció a los demás, quiere decir que nos eligió para que dejemos de «girar sobre nosotros mismos» como calesitas mirándonos el ombligo. Quiere decir que pretende que no seamos como esa sal de nuestras casas que encerrada en frascos de hace tiempo se terminan humedeciendo y que ya ni siquiera sale del salero para salar.

Quiere decir que en medio de un mundo que le gusta muchas veces la oscuridad y las tinieblas, desea que nosotros con nuestra forma de vivir, con nuestros deseos verdaderos y genuinos de ser felices de a muchos, ayudemos a ser felices a otros tantos. Somos sal y luz, dos elementos necesarios para vivir en esta tierra. Somos sal y cuando nos mezclamos con la comida de este mundo, aunque ya no se vea, podemos ser los que le demos a la comida «su toque especial». Somos sal no para que al salar las cosas pierdan su sabor, sino para que las cosas encuentren su mejor sabor. Somos sal para pasar desapercibidos, pero también para ayudar a que todo sea un poco más rico.

Somos luz para mostrar lo lindo de las cosas, lo que nadie puede ver por tener el corazón muchas veces impuro. Somos luz para estar sin molestar, porque mucha luz encandila y no ilumina. Todo con su justa medida, mucha sal hace perder el sabor a las cosas, mucha luz hace que no se vea bien las cosas. Por eso poca sal hace insípidas las comidas, poca luz le quita el brillo a la vida.

Solo es feliz el cristiano que obra para que su Padre del cielo sea conocido, glorificado, reconocido y amado. Ningún buen hijo de Dios sala para sí mismo, ni ilumina para sí mismo. Solo seremos felices si buscamos hacer felices a los demás con nuestras obras, no olvidando que nosotros también necesitamos recibir, necesitamos que otros nos hagan felices, nos amen y nos quieran.

No somos sal para perder el sabor, ni somos luz para escondernos. Para pensar y rezar en este día, en este domingo. Por eso, volvamos a decirlo, no somos cristianos para nosotros mismos, no somos cristianos para mirarnos el ombligo. ¿Estaremos salando? ¿Estaremos iluminando? O por ahí lo podemos decir al revés… ¿No será que en este momento de nuestra vida necesitamos que alguien nos sale un poco, nos ilumine con su amor? Siempre habrá un buen cristiano para salar e iluminar, nunca perdamos la esperanza.

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.