«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»
Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
Palabra del Señor
Comentario
Buen día, buen lunes. Dios quiere que empecemos un buen lunes unidos como siempre a la escucha diaria, constante, perseverante y fiel de su Palabra, que es la respuesta a todas nuestras preguntas. Muchas veces hay gente que nos cuestiona, que me cuestiona a mí por qué no hablo de ciertas situaciones que se viven continuamente y, es verdad, puede ser. ¿No? Es verdad que la Palabra puede contextualizarse, pero también es verdad, y por eso es una opción que uno toma, que los mismos textos del Evangelio son los que nos responden a las situaciones que vivimos si los sabemos escuchar e interpretar. Muchas veces hacemos el camino inverso. Queremos hacerle decir a la Palabra lo que nosotros queremos que nos diga y lo que tenemos que hacer, es dejar que la Palabra nos diga lo que nos tiene que decir y no buscar en la Palabra lo que nosotros estamos pensando. Bueno, sé que es difícil por ahí comprender esto, así nomás, pero hay que hacer el esfuerzo. Estamos agobiados por todos lados de tantas preguntas, tantos cuestionamientos, pero cada cristiano tiene que hacer su camino, cada cristiano tiene que tomar la Palabra de Dios de cada día y encontrar ahí lo que está buscando y, si no lo encuentra, seguir buscando. «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.»
Una vez, me acuerdo, en un sermón durante una misa, hice la prueba de preguntar ¿no?, para hilar la imagen de Jesús como “Camino”. Pregunté y…a ver qué decía la gente, quién quería ir al Cielo. Para mí sorpresa, cuando dije: “Que levante la mano el que quiera ir al Cielo”, no fueron muchos los que levantaron la mano. Me quedé pensando. Uno se imagina que, en una Iglesia, todos estamos ansiosos de llegar a la meta de nuestra vida, pero no, mirá, no siempre es así. ¿Qué idea tendremos del Cielo? Pero me ayudó a pensar que los niños, porque fueron aquellos los que menos levantaron la mano, y muchos adultos casi que la levantaron con esfuerzo y no porque hacía frío. Me pregunté por qué será esto. ¿Por qué será que un cristiano que va a misa todos los domingos, que ama al Señor, que lo recibe en la Eucaristía, no desea ir al Cielo? ¿Qué entenderemos por el Cielo los católicos? ¿Qué será para nosotros la Vida eterna? ¿Qué es para vos el Cielo? Y si es lo que pensás ¿por qué no nos sale tan fácil tener ganas de ir al Cielo? La respuesta creo que es sencilla – y no tanto buscándole la parte mala- es nuestra falta de fe a veces, aunque te cueste escucharlo. Sí. No tenemos tanta fe. Si no, al contrario, no nos sale tan fácil decir que queremos ir al Cielo, porque estamos hechos para la vida. También es verdad queremos la vida y, lo que viene, por más que nos digan que es lindo, nos genera incertidumbre, inquietud, como decía el Evangelio de ayer. Tenemos miedo, porque para ir al Cielo tenemos que morir, y nadie quiere morir. Lo entendí mejor con algo gracioso que me pasó. Después de dar ese sermón, al irme a sentar a mi silla para hacer un silencio, le pregunté a los monaguillos que estaban al lado mío si ellos habían levantado la mano cuando yo había preguntado quién quería ir al cielo, porque al estar de espaldas no los había visto. Varios me dijeron que sí, pero uno de ellos bien sincero me dijo que no, y cuando le pregunté por qué, me dijo: “¡Prefiero de más viejito padre!”
Queremos vivir, es verdad. Nadie quiere morir, nuestro corazón está preparado para amar y ser amados, y esa experiencia la vivimos acá en la tierra, la palpamos con gente de carne y hueso, con los nuestros y mucho más un niño que solo piensa en el amor de sus padres, de los que le dieron la vida. Por eso, es verdad que pensar en el cielo, querer ir al cielo, jamás en un cristiano debería ser por un desprecio a la maravilla de esta vida, sino más bien debería ser una consecuencia lógica del amor que vivimos por estos lados, por la tierra, que nos llena de alegría, nos sacia, pero nunca es pleno, nunca es total. Podríamos pensar que hay tres posiciones que podemos tomar ante esta verdad, la de la Vida Eterna. Una de ellas es que ni siquiera pensemos en el Cielo, en la Vida Eterna, ni siquiera sea una opción de nuestra vida, porque vivimos creyendo que estamos saciados y entonces no necesitamos nada más y por eso no esperamos nada más porque ya tenemos todo. Otra opción podría ser que pensemos en el Cielo por el hartazgo de la vida, por experimentar un sin sentido o un dolor tan grande que deseamos partir para estar en un lugar mejor, como despreciando lo que tenemos. Eso también pasa. Y la otra que se me ocurre y la que me parece más sana, más equilibrada, es la de experimentar de alguna manera el Cielo en la tierra por el amor, pero darnos cuenta de que eso no alcanza. Es la de pregustar el Cielo en el corazón, en lo que vivimos, en lo cotidiano y que eso nos dé ganas de ir verdaderamente al Cielo porque decimos: “Si esto es lindo, lo que será lo que vendrá, lo que será lo que vendrá.” «No se preocupen, no se inquieten. Yo les tengo preparada una casa en el cielo. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones», decía Jesús ayer.
Algo de esto nos propone el evangelio de hoy. Jesús nos promete el Cielo, ayer nos prometía el Cielo mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús nos anima a la felicidad eterna, al amor eterno, pero nos propone empezar a vivirlo desde acá. Nos propone traernos el Cielo al corazón, quedarse en nuestro corazón hasta que nos llegue el día de poder gozar de su presencia. «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.» El que ama empieza a vivir el Cielo en la tierra, en el corazón, porque el que ama “le hace un lugar” en el corazón al mismísimo Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Te das cuenta de semejante verdad? ¿Nos damos cuenta de que cuando amamos en realidad estamos siendo lo que debemos ser, estamos abriéndole las puertas al que nos creó para que encuentre un buen lugar? Jesús nos dijo que él nos prepararía un lugar en la casa de su Padre, bueno… nosotros podemos hacer lo mismo con él. Amar y vivir su mandamiento del amor es la mejor manera de empezar a vivir el Cielo en la tierra y de no tenerle miedo a lo que vendrá y mucho menos a la muerte. Es la mejor manera de vivir la vida “con los pies en la tierra, pero con los ojos en el Cielo”. El que vive así, quiere ir a cielo, levanta la mano cuando se le pregunta, pero no para escapar de esta vida tan linda o porque no tiene corazón, sino porque sabe que nada de lo amado en su vida se perderá, sino todo lo contrario. Todo cobrará un mayor sentido, todo se renovará y alcanzará su plenitud, eso que todos buscamos. Vos, escuchando todo esto…. ¿todavía tenés ganas de ir al Cielo? ¿Querés ir al Cielo? Levante la mano quién quiere empezar a vivir el cielo en la tierra y gozar un día de la plenitud, de la felicidad en el Cielo eterno con Jesús y todos los que amamos y amaremos.