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V Martes de Pascua

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Este tema del cielo que venimos rezando y pensando creo que es para no dejarlo pasar. Es demasiado importante como para minimizarlo, o como para darlo por obvio. Por eso me animo a que nos preguntemos cosas en serio, un poco más profundas de lo que estamos acostumbrados, preguntarnos un poco más sobre aquello que hemos aprendido por ahí en la catequesis de niños, que intuimos con el corazón y que por una cosa o la otra no la seguimos profundizando, nos quedamos ahí. Porque con la fe, lamentablemente a veces, pasa todo lo contrario de lo que pasa con las cosas que nos dan un resultado inmediato y visible. Estudiamos en la primaria, en la secundaria, en la universidad, postgrados, doctorados, cursos y más cursos y tantas cosas más que nos ofrece este mundo lleno de lindas ofertas, y sin embargo para la fe, para las verdades de nuestra fe, muchas veces nos hemos quedado con los cuentitos de la «primaria», de los primeros años, en la niñez espiritual, con esos lindos cuentos que nos contaron de niños.

¿Qué entendemos por el «cielo»? ¿Por qué hablar hoy del cielo parece ser una cosa extraña y ajena a nuestra vida? ¿Qué es el «cielo» para nosotros? ¿Esta cultura de hoy anhela el cielo? ¿Vos anhelas el cielo? ¿Sabemos lo que será ir al cielo o bien es una especie de caricatura, como la contraria al infierno, un poco de nubes y un color celeste?

En la Misa una vez una niña me interrumpió el sermón para preguntarme cómo será eso de que nuestra alma estará con Dios y que el cuerpo quede por ahí nomás en la tierra. Una pregunta muy interesante para venir de una niña, muy profunda. Por lo menos, por mi parte, y espero que no te escandalices, imaginarme el cielo eterno solo de almas flotando por ahí, me resulta un poco extraño, y aburrido incluso. Sin embargo, puede ser que es lo que nos transmitieron o por lo menos lo que entendimos. Así no dan muchas ganas de ir al cielo. Y no porque pretendo que el Cielo sea un lugar divertido al estilo de este mundo, sino porque sencillamente es difícil imaginarnos sin el cuerpo, sin sentidos, sin abrazos, sin gestos, sin nuestros rostros. Lo que enseña la Iglesia y es la verdad, es que sabemos el qué, pero no el cómo. ¿Qué quiere decir eso? Sabemos que al final de los tiempos «habrá un cielo y una tierra nuevos», pero no sabemos exactamente cómo será. Nadie volvió para contarnos detalles, como se dice. Sabemos que momentáneamente, diciéndolo a nuestro modo, a nuestro estilo, estaremos sin cuerpo esperando la resurrección, esperando algo maravilloso que pasará cuando Jesús vuelva a triunfar definitivamente, y es que nuestro cuerpo resucitará como el de Jesús, seremos nosotros mismos, nos reconoceremos como los Apóstoles finalmente reconocieron a Jesús, toda la creación resucitará. Sin embargo, para eso hay que esperar. Nada de lo creado por el Padre se perderá, sino que se renovará. Viviremos una nueva y definitiva creación, donde ya no «habrá llanto ni dolor», donde el amor será todo, será eterno. Algo un poco más agradable que «estar ahí flotando por las nubes». Algo del Evangelio de hoy nos da una gran certeza: «“Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo». Jesús resucitó, está, pero en realidad como nos decía ayer, se fue para prepararnos un lugar, se fue para volver algún día a buscarnos. Esa es también una verdad de nuestra fe, una verdad demasiado grande y maravillosa. El cielo será algo tan maravilloso que no podemos imaginarlo, así lo dice san Pablo: «…lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman». Si supiéramos lo que es el cielo, desearíamos irnos demasiado rápido de la tierra. Por eso, mientras tanto hay que confiar, porque es mucho más grande y maravilloso de lo que nuestra pobre cabecita puede entender. Por eso no hay por qué inquietarse, por eso no es raro tener ganas a veces de ir al cielo, sin despreciar lo que tenemos en la tierra, y sin dejar de luchar por hacer de este mundo algo un poco mejor.

Una cosa no quita la otra. Así lo decía san Pablo: «Me siento urgido de ambas partes, deseo irme para estar con Cristo porque es mucho mejor». Deseaba irse al cielo y sigue diciendo: «(…) Pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo». Una cosa no quita la otra.

Amar lo que vendrá, amar el cielo, es amar la vida, es amar todo lo creado, pero amar esta vida es también reconocer que acá no está lo definitivo, es darse cuenta de que acá se juega nuestra vida, pero lo que vendrá será algo inimaginable, será una paz eterna. Mientras tanto, Jesús nos dejó su paz, nos da su paz, nos quiere en paz, pero no como la paz que nos promete este mundo que muchas veces vive en «su mundo», en la suya, esperando soluciones mágicas a los problemas, o soluciones que vienen solo de lo material; sino que la paz debe ser buscada, luchada, la paz conquistada por el amor, es la paz «armada», pero con las armas del amor, de la entrega que nos pone siempre en el campo de batalla de este mundo, para hacerlo mejor, para crecer, para cuidarlo, para amarlo, pero sabiendo siempre que al final, solo podrá ser mejor si todos reconocemos que el mundo no es nuestro, que no somos «dioses», que el mundo es un regalo, que somos creaturas, hechas para el Padre, hijos del mismo Padre, creados para la eterna felicidad. Así… ¿No te dan ganas de ir yéndote al cielo mientras intentamos encontrarlo en la tierra?

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.