En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos.»
Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»
Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»
Ellos respondieron: «Siete.»
Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.
Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.
Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.
Palabra del Señor
Comentario
¿Pudiste ser luz y sal en esta semana? ¡Qué linda semana en la que tratamos de desmenuzar el Evangelio del domingo, en donde Jesús nos decía que ya somos luz, que ya somos sal, que nuestras obras deben ser realizadas para glorificar a nuestro Padre que está en el cielo! Por eso para ser luz y sal debemos aprender a obrar con humildad, como san Pablo que también desde esa lectura del domingo nos enseñaba que somos simples instrumentos, que cuando nos ponemos por encima de aquel que nos llama, finalmente vivimos equivocando el camino y nos creemos los salvadores de los demás.
Nos tenemos que presentar ante los demás débiles, vulnerables, sabiendo que el que hace la obra es Jesús. Y también, iluminados por la palabra de Isaías, el domingo escuchábamos que cuando hacemos el bien a los que más necesitan, también tenemos que tener en cuenta nuestra propia carne decía, no descuidar nuestras propias necesidades. ¿Cuántas veces por amar, amar, hacer cosas por otros nos olvidamos que también nosotros necesitamos? Y si aprendemos a amar, ser luz y sal, y, al mismo tiempo, amarnos a nosotros mismos, a no descuidar nuestra propia carne, «nuestra luz despuntará como la aurora», decía la Palabra de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Qué linda semana para descubrirnos con toda la bondad que Dios nos ha creado y seguir luchando para amar…seguir luchando para amar.
Desde Algo del Evangelio de hoy, de este sábado, podríamos decir que siempre sobra, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, en nosotros, jamás puede faltar lo esencial para vivir. Cuando falta, en realidad es porque Jesús no está ahí, no porque él no quiere, sino porque alguien no le dio el lugar, alguien no lo deja entrar, alguien le cerró la puerta. Así dice el libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos». Solo es cuestión de dejarlo pasar. Él está tocando la puerta, la de tu corazón y la del mío. Cuando Jesús está en un corazón, jamás faltará lo necesario para vivir en paz, o sea, el amor que se necesita.
La santa Madre Teresa de Calcuta no refiriéndose directamente a este Evangelio, pero sí creo que cae como anillo al dedo, decía algo así: «Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer cosas grandes». Cada uno podríamos decir entonces que hace lo que puede –eso quiso decir la Madre Teresa– y los otros hacen lo que uno no puede hacer, porque no todos podemos hacer todo, pero con esos «podemos» de cada uno chiquitos se pueden hacer cosas grandes que a veces ni calculamos, que ni pensamos.
¡Qué gran emoción cuando uno se pone a pensar en esto con fe y con profundidad! ¡Esto es la Iglesia! ¡Qué maravilla cuando nos damos cuenta que la multiplicación de los panes es el milagro continuo y actual del amor de Jesús que se comparte y se derrama abundantemente a tantos lugares impensados, a corazones que nunca imaginamos! ¿Cuántas obras hay en la Iglesia? ¿Cuántas obras comenzaron así? Seguramente tu comunidad, por ejemplo, un movimiento, una parroquia. Tantas obras de caridad que surgieron por el «podemos» de alguien silencioso y el «podemos» de otro, y de otro, y otro y así todo fue creciendo, todo empezó a crecer. Y hoy la Palabra de Dios, el amor de Dios se extiende de corazón a corazón, de generación a generación.
El milagro de la multiplicación de los panes pasó verdaderamente, no como algunos quieren tratar de negar en estos tiempos diciendo que fue como algo simbólico, que en el fondo nos quiere enseñar Jesús a compartir. Es una pérdida de tiempo detenerse en esos análisis, lo importante es que Jesús lo hizo y lo sigue haciendo. Jesús lo hace a cada minuto, en cada rincón de este planeta, cuando creemos en su amor, cuando confiamos en su palabra, cuando nos abandonamos a su obra –que es más grande que la nuestra–, cuando no nos adueñamos de su amor, cuando simplemente somos instrumentos, canales, cuando nos animamos a escuchar esto cada día.
Pero al mismo tiempo levantamos el corazón para ver que hay miles de «hambrientos», como nosotros, que necesitan del «pan de Jesús», del pan material, del pan de una vida más llevadera, más digna, pero también del pan del amor, del pan de la Palabra.
¿Pensás que tenés que saber muchas cosas para convertirte en transmisor de la Palabra de Jesús? ¿Pensás que tenés que tener mucho para convertirte en pan para los demás? Eso no es así. Somos luz y sal. Somos la luz y la sal de este mundo. Llevamos en nuestro interior el tesoro en vasijas de barro, la capacidad de amar, no hay que dar muchas más vueltas. Cuando damos muchas vueltas, es porque no nos damos cuenta de que lo que buscamos ya lo tenemos al alcance de nuestras manos, en nuestro corazón.
No hay que ir a buscar pan para todos a todos lados, hay que dar lo que se tiene y eso se multiplica. Así de sencillo. ¿Nos parece extraño esto? ¿Será porque todavía no experimentamos que el amor de Jesús siempre es desbordante? Si ya lo hacés, anímate y afírmate en esta maravilla multiplicadora. Si todavía no podés hacerlo, no lo hiciste, pensá que alguien pueda hacer «lo que vos no podés» y ponete a hacer «lo que otros no pueden y lo que solo vos podés». Y así es como se van uniendo los eslabones de la cadena y se llega a donde jamás se hubiera pensado.
Siempre sobra cuando se ama, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios, cuando Jesús está en medio de nosotros, cuando le abrimos las puertas para cenar con él todos los días.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.