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VI Domingo durante al año

Jesús dijo a sus discípulos:

Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal». Pero Yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal.

Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero Yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: «No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor». Pero Yo les digo que no juren de ningún modo.

Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te acordás algo de los evangelios de los domingos pasados? Es bueno recordar cada tanto el caminito que venimos realizando para no errar los pasos en el camino que sigue. Cada Evangelio por supuesto es único, tiene su compresión en sí mismo, pero al mismo tiempo ninguno puede leerse sacándolo o separándolo del todo de la Escritura. Así pasa con toda la Palabra de Dios, jamás puede ser tomada como partes separadas, jamás puede ser tenida como un libro de donde se sacan «lindas frases» para vivir bien, es mucho más que eso.

Por eso el Evangelio de cada día debe estar siempre acompañado de una mirada de conjunto, de una mirada totalizadora, que complete, de una visión de conjunto que no olvide que entendiendo el todo se entienden mejor las partes. Y ahí también está el arte y la inspiración de cada predicar que tiene que aprender a unir, a unir, no a dividir.

Por eso, te decía ¿te acordás de los evangelios de Mateo de los domingos anteriores para poder entender mejor el de hoy? Bueno, hagamos un repaso bien cortito y sencillo: Empezábamos este tiempo común u ordinario, escuchando que Jesús nos anunciaba la llegada del Reino de Dios. En segundo lugar, el Reino de Dios nos traía una promesa de felicidad, las bienaventuranzas, que ya pueden vivirla los pobres de espíritu y los pacientes desde ahora, en este momento.

En tercer lugar, Jesús nos decía el domingo pasado que esas promesas hay que vivirlas y transmitirlas siendo luz y sal en esta tierra, y que ya lo somos de alguna manera, que esa sal y esa luz están en nuestro interior, y que nuestras obras, las obras de los hijos del Padre tienen que ser justamente para glorificar al Padre, para darle gloria a él mismo y no a nosotros.

Algo del Evangelio de hoy nos trae, como un cuarto paso de este caminito, exigencias concretas que debemos comprender y vivir los que aceptamos el Reino de Dios, la soberanía de Dios Padre en nuestros corazones. No es solo cuestión de creer en el Reino, saber que está, reconocer sus promesas, ser conscientes de que somos algo por gracia, sino que ahora hay que llevarlo a la vida, como lo hizo el mismo Jesús, hay que vivir como hijos de Dios, como vivió él mismo, queriendo ser hermano de todos.

Es el Padre del Cielo el que sabe lo mejor para nuestros corazones, es por eso que él es el que nos da la clave para vivir en paz con nosotros y como hijos. De esta manera hay que intentar interpretar las palabras del Evangelio de hoy, sino como se dice por ahí… «es más de lo mismo». ¿Vos crees que Jesús pudo haber venido a este mundo a decir más de lo mismo? ¿Vos crees que vino simplemente a radicalizar la ley de Dios, la ley del Antiguo Testamento y a decirnos que hay que cumplirla, sino nos vamos a ir al infierno? ¿Vos crees que Jesús vino simplemente a darnos una clase magistral de cómo se deben hacer las cosas? ¿Cuántas clases magistrales escuchamos en nuestra vida?

¡Qué triste sería el Evangelio si pensáramos así! ¡Qué triste nuestra vida cristiana si creyéramos, como creen algunos cristianos, que Jesús vino a cumplir la ley para que la cumplamos! ¡Es mucho más que eso! ¡No es más de lo mismo! ¡Jesús no hubiese perdido el tiempo en venir a este mundo para tirarnos una ley más sobre la cabeza, sobre los hombros, imposible de cumplir! La Iglesia tampoco es eso, ni debe ser eso, no está para eso, vos y yo tampoco. La Iglesia no debe predicar solamente una moral, aunque algunos lo hagan por ahí. Es un tema apasionante, núcleo de nuestra fe, muy lindo y profundo, que no alcanza para hoy, pero intentaremos ir desmenuzándolo a lo largo de estas semanas que se nos vienen.

Con las Bienaventuranzas que escuchábamos desde hace dos domingos comenzó el Sermón de la Montaña, el Sermón del Hijo de Dios, en donde recibimos la ley de Dios, la ley de la Gracia de Dios, la ley del Don, la ley de saber que «la ley por sí misma» no nos salva, paradójicamente, sino que lo que nos salva es la Gracia de Dios que nos ayuda a vivirla y que es gratuita. Tan simple y difícil como eso.

Eso es lo que tenemos que aceptar, la Gracia que viene de lo alto. La Gracia es el amor de Dios que nos transforma desde adentro para poder vivir las exigencias del Reino, sino sería más de lo mismo, sino sería pura letra muerta, que, además, nos agobiaría y nos llevaría al hartazgo, como a tantos cristianos les ha pasado. ¿Cuántos cristianos se han alejado de la Iglesia y de Jesús por no haber entendido esto? ¿Cuántos cristianos se han cansado de querer vivir algo que es imposible si no se mira desde el corazón y no tanto desde la ley? ¿Cuántos predicadores nos han explicado tan pobremente esto que nos hemos quedado con la cáscara y no con el carozo, con la esencia? Bueno, no importa. No alcanza con lamentos.

Estamos para más, estamos para mucho más, estamos para que nuestra santidad, el vivir la voluntad de Dios –eso quiere decir justicia– sea superior a lo de los escribas y fariseos; superior a la de los que creen que por cumplir una ley serán mejores y más buenos; superior a la de los «cristianos de salón», como se dice por ahí, que se quedan con lo exterior, con el cumplir, con el qué dirán y se olvidan de que Dios conoce cada corazón y sabe de nuestras intenciones.

Volvamos a escuchar y alegrarnos de esta buena noticia: «Cambiemos porque el Reino de Dios está cerca», «Seremos felices si deseamos la humildad, la paciencia, la mansedumbre y la vivimos», «Somos sal y luz de la tierra, ya lo somos. Estamos para salar e iluminar» y «nuestra santidad, nuestro deseo de vivir la voluntad de nuestro Padre, no se basa en el cumplimiento, sino en el amor, en desear ser hijos y hermanos de todos».

Que tengamos un buen día, un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.