Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: « ¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo.»
Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.
Palabra del Señor
Comentario
Cuando empezamos a descubrir lentamente en la vida, o a veces de golpe, que ser cristiano es mucho más que «cumplir» ciertas normas, que es mucho más que quedarse «tranquilo de conciencia» por haber hecho algunas cosas bien, que es mucho más maravilloso que andar «calculando» el amor que podemos dar, que es mucho más pleno que quedar bien con un Dios supuestamente que nos está controlando para ver si le obedecemos o no… todo empieza a tomar otro color, todo empieza a verse de una manera distinta. ¿Te pasó? ¿Te pasa?
Ojalá que sí, porque así lo quiere nuestro Padre del cielo que nos considera hijos y no esclavos, que nos ama como a hijos, no como a objetos, que pretende amor, no servidumbre desinteresada, fría, seca y sin alma. Si no te pasó nunca todavía, si sos de esos tantos cristianos por el mundo como vos y yo por ahí que todavía no descubren la vida del espíritu, no desesperes, es el camino que todos debemos recorrer, tarde o temprano, si queremos salir del esquema de una religión vivida como imposición desde afuera, sea por quien fuera.
Si no te pasó, volvé al Padrenuestro, rézalo con el corazón, es la oración de los hijos de Dios, y digamos juntos: «Venga tu Reino, que venga tu reinado de amor a nuestras vidas, vení a nuestras vidas así te reconocemos como Padre, no como algo extraño y lejano, no como un «Dios» así nomás, a secas, abstracto, sino como un Padre y queremos sentirnos hijos».
El cristiano en serio es el que empieza a vivir esta relación de amor, real y concreta con un Dios que es Padre siempre, con un Dios que es Hijo y hermano mayor y con un Dios que es Espíritu, que habita en las almas, que las anima y las consuela siempre. El cristiano que recibe esta gracia, que no fuerza su relación con su Padre, sino que la disfruta, que vive feliz de ser pobre de espíritu, que vive feliz por ser paciente, por ser misericordioso, por estar en paz, por tener el corazón puro, por dejarse consolar en el sufrimiento, es el cristiano que no necesita «signos» especiales, no necesita andar «desafiando» a Dios.
¿Qué hijo, que se siente hijo verdaderamente y que ama a su Padre, lo desafía y discute con él? Una cosa es enojarse cada tanto y por dificultades, una cosa es no entender sus caminos y otra cosa es desafiarlo y discutir.
Algo del Evangelio de hoy nos enseña lo que no debemos hacer con Jesús, con su Padre si queremos ser felices. Ni discutir, ni desafiar. Algo que les encantaba a los fariseos. Algo que le encantaba a muchísima gente, discutir y discutir, y desafiar y desafiar, y repreguntar siempre, algo que a nuestro corazón a veces también le gusta.
¡Cuidado! ¿Sos de discutir y desafiar a los demás? ¿Sos de discutir y desafiar a Dios? Vuelvo a decir, una cosa es preguntarle a tu padre el porqué de esto y el porqué de lo otro –algo normal y parte de nuestra vida– y otra cosa es plantarnos frente a Dios como casi más grandes que él, y no como hijos, sino como pares. Discutir no tiene sentido, dialogar sí. Por eso no discutas con nadie, no pierdas el tiempo. Dialogar, eso siempre, no nos cansemos de dialogar, es lo mejor que podemos hacer.
Dejemos de discutir, porque es lo peor que podemos hacer. Fijémonos que dice el Evangelio que «llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él», no dice que Jesús discutía con ellos. No me imagino a Jesús discutiendo mucho, sí me lo imagino queriendo dialogar, pero cuando alguien no quiere dialogar, el problema no es propio, sino que es del otro, es el otro el que finalmente no quiere.
El que discute generalmente cae en el desafío, en el desafiar a los otros, en el intentar poner a prueba al otro porque en el fondo no le interesa lo que el otro piensa y siente, sino solo en lo que él piensa y siente. El que discute no escucha, no está dispuesto a escuchar, por eso discute, es medio «sordo» del corazón. El que discute no está abierto a incorporar algo nuevo, sino que busca que el otro se adecue a su manera de ser.
Por eso los fariseos discuten, desafían y piden un signo, quieren comprobar lo que ellos piensan, mientras en el fondo no se dan cuenta que tenían el signo en frente a ellos, a sus narices. Mucho para aprender de la Palabra de Dios de hoy siempre, como siempre. No solo en nuestra relación con los demás, sino con Dios, nuestro Padre. ¿Dialogamos con Dios como un Padre, como un Papá del cielo o discutimos? ¿Le preguntamos o lo desafiamos? ¿Lo escuchamos o solo hablamos?
Finalmente es lindo imaginar ese momento en el que «Jesús, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué esta generación me pide un signo?”». ¿Qué pensará Jesús de nosotros cuando le pedimos signos? ¿Suspirará de la misma manera? Podemos ser parte de esa generación que no se comporta como hijos y anda desafiando a Dios.
Podemos, ¡cuidado! ¿Por qué será que no terminamos de convencernos del signo más grande y maravilloso que podamos imaginar, del mismísimo Jesús? ¿Por qué será que nos pasamos bastante tiempo de nuestras vidas discutiendo, desafiando a otros y, al mismo tiempo, no nos damos cuenta que el mayor desafío está en reconocer el amor de Dios que se hizo carne en Jesús y se hace carne todos los días con su Palabra, con la Eucaristía, con los más necesitados, en nuestras familias, con todos los que tenemos alrededor? ¿Qué Dios pretendemos? ¿No será que a veces somos demasiados pretensiosos?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.