En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.
Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.
El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.»
Palabra del Señor
Comentario
Jesús nunca estuvo solo, aunque haya buscado momentos de soledad. Es lindo pensar en esto, en que Jesús es el modelo perfecto del que nunca estuvo solo, pero al mismo tiempo buscó su momento de soledad. Es increíble pensar que, de la vida de Jesús, en realidad no sabemos tanto como quisiéramos. Los evangelios, en definitiva, cuentan poco y nada sobre su infancia y sobre su vida cotidiana en Nazaret hasta los 30 años, hasta su aparición pública. ¿Qué habrá hecho Jesús en esos años? ¿Cuántas veces se habrá apartado tranquilo a caminar, a descansar, a mirar al cielo, a disfrutar de la naturaleza, a descubrir tanta maravilla en la creación de su Padre? Por otro lado, muchas veces en los evangelios se relatan momentos en los que Jesús se aparta de las multitudes y de sus amigos, para estar en la montaña, para rezar, para estar solo. A eso quería llegar, la soledad buscada, hace bien. La soledad que piensa y se siente, es necesaria en la vida. Vos y yo tenemos que aprender a estar solos, lo decíamos ayer, no toda soledad es mala. ¿Sabemos estar solos? ¿Sabemos quedarnos con nosotros mismos en un momento del día? Si uno parte de la certeza de que en realidad estar solo es una oportunidad para encontrarse con el que no nos dejó solos, no deberíamos tenerle miedo, es difícil, es verdad, por la forma de vida de hoy, pero podemos hacerlo. Es difícil pero no tenemos que tener miedo.
La partida de Jesús, el anuncio de su partida, les trajo a los discípulos una gran tristeza seguramente, lo sabemos. La partida de un ser querido, de un hermano, de un padre, de un hijo, de un pariente, de un amigo, duele mucho. Bueno, Algo del Evangelio de hoy expresa eso… Dice: «Ustedes se han entristecido». Obviamente… ¿Quién no se pondría triste? Ellos no terminaban de entender que era «necesario» que él se vaya, de que «les convenía que él se vaya». Esa es la cierta paradoja de nuestra fe, las ausencias que nos traen presencias distintas, amores distintos. Soledades que nos pueden traer mayores frutos, mayor madurez, mayor convicción de que en realidad jamás estamos solos.
¿Conoces personas que no pueden estar solas, que no pueden estar quietas, que siempre tienen que estar haciendo algo, que parece ser que no pueden disfrutar de la gratuidad de «no estar haciendo nada»? Fíjate si a vos no te pasa lo mismo a veces. A todos nos puede pasar. Como decíamos, el mundo de hoy colabora muchísimo a esta forma frenética en la que vivimos, a esta incapacidad de callarnos, a esta incapacidad de apagar todos los aparatos que nos rodean, toda la tecnología que nos aturde, todas las voces que no nos dejan escucharnos.
Todo es rápido, todo tiene que hacerse ya, siempre tenemos que estar comunicándonos con alguien, casi nunca podemos y sabemos estar solos. Sin embargo, es tan necesario. Es necesario que Jesús se haya ido para que todos podamos encontrarlo en el hoy, en este presente que nos toca vivir; si Jesús no se hubiera ido, no estaríamos escuchando este audio, por ejemplo. Así lo dijo él mismo: «Pero si me voy, se lo enviaré». Es bueno que nos tomemos un tiempo para estar solos, es bueno que también dejemos solos a los que tenemos a nuestro cargo, es bueno que dejemos que los demás sepan estar solos. Pensemos en los de nuestra familia, en nuestros seres queridos. Es bueno que los demás tengan sus tiempos, que dejemos «respirar» a los demás, porque a veces incluso no podemos estar solos y no dejamos que los otros estén solos. Cuando Jesús se apartaba para estar solo, los discípulos lo respetaban, lo dejaban tranquilo. Cuando los discípulos volvían de misionar, Jesús mismo los apartaba un poco para que descansen, para que estén solos.
Preguntémonos si sabemos apartarnos como Jesús para escuchar nuestro corazón y al escuchar nuestro corazón escucharlo a Dios que es nuestro Padre, escuchar al Espíritu que está dentro de nosotros. Podríamos preguntarnos si somos capaces de escuchar la voz interior que nunca nos abandona, que siempre nos hace sentir acompañados.
Pensemos si no estamos tapando lo mejor de nosotros con la «adicción del activismo», esa manía de pensar y creer que solo haciendo cosas nos salvaremos y salvaremos a los demás. Si Jesús hubiese querido salvar al mundo por el hacer, se hubiera puesto a predicar desde la adolescencia, se hubiera puesto a «hacer cosas» y milagros desde mucho antes, sin embargo, empezó a los treinta años. Es para pensar, ¿no? Aprendamos hoy a sentarnos por un tiempo, a postrarnos por un momento, para realmente «no hacer nada» a los ojos de los demás, para estar simplemente solos, por pura gratuidad, no esperando mayor recompensa que encontrarnos con Jesús en nuestra intimidad, en nuestro corazón que siempre nos habla y clama por dentro nuestro por medio del Espíritu Santo, que nos hace llamar a Dios Padre, Abba, Papá.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.