Jesús volvió a embarcarse hacia la orilla del lago.
Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.» Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.
Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?»
Ellos le respondieron: «Doce.»
«Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?»
Ellos le respondieron: «Siete.»
Entonces Jesús les dijo: «¿Todavía no comprenden?»
Palabra del Señor
Comentario
En general siempre es más lo que nos perdemos, que lo que hacemos mal conscientemente. La cuestión pasa por las cosas buenas que nos perdemos. ¿Alguna vez te pusiste a pensar en eso? Cuando vivimos una fe del cumplimiento, «cumplo y miento», como me decía un sacerdote –me acuerdo– en el seminario, seguramente no hacemos ningún mal, no le hacemos mal a nadie, «no matamos ni robamos», como le encanta decir a mucha gente, pero en el fondo nos perdemos de ser hijos, hijos amados del Padre y tener cada día más hermanos con la libertad que él nos dio para amar. «Padre: Yo no le hago mal a nadie», nos dice mucha gente a los sacerdotes. ¡Cuánta gente nos dice eso! «La verdad que no le haga mal a nadie».
¡Menos mal, pienso muchas veces por adentro! Eso es lo básico, eso es lo que debe aspirar cualquier hombre bien nacido, es lo indispensable para vivir en paz en un mundo donde somos muchos. Pero lo que nos podemos preguntar es: ¿Con eso alcanza? ¿Para eso somos cristianos? ¿Para estar tratando solamente de no hacer el mal? ¿Somos luz y sal solo para eso? ¿Somos luz y sal por el hecho de no hacerle mal a nadie o por desvivirnos en hacer el bien a los otros? Eso es muy distinto. La sal está para salar, la luz para iluminar. Es distinta la ecuación si soñamos cada día con eso, si soñamos con ser hijos, pero no «hijos únicos», sino hijos con muchos hermanos, muchos más de lo que imaginamos.
El cristiano es hijo para amar a su Padre y para amar a los otros hijos de su Padre. Ese es el camino de los verdaderos hijos de Dios y no se ama en serio cuando solo se quiere «no hacer el mal». ¿Entendemos a qué me refiero cuando digo que es más lo que nos perdemos? Nos perdemos de ser libres, nos perdemos de amar en plenitud, nos perdemos en una maraña de cosas cuando pensamos y sentimos nuestra fe solamente con cumplir ciertas cosas o con no hacer ciertas cosas.
Algo del Evangelio de hoy nos puede ayudar a entender qué es lo que nos pasa muchas veces, o qué es lo que les pasa a tantos cristianos, varones y mujeres, que no terminan de vivir su fe con verdadera alegría: «¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?».
Las palabras de Jesús suenan duras, pero son tan reales. ¿No recordamos? No será que nos pasan estas cosas como a los discípulos porque no recordamos, porque no terminamos de comprender y entender. Pongámonos en el lugar, en ese tiempo. Los discípulos habían terminado de estar en la multiplicación de los panes más grande y única de la historia y después se estaban preocupando por si les iba a alcanzar o no con un pan para todos. Parece irónico, gracioso, parece una burla casi de la Palabra de Dios, pero no lo es.
Realmente les pasó eso, realmente nos pasa eso a nosotros también. Nos olvidamos de la gracia vivida, nos olvidamos del don, nos olvidamos que somos hijos y terminamos «peleándonos por quién podrá comer y quién no». Nos olvidamos de que somos hermanos y que tenemos un mismo Padre, y por eso nos ponemos a discutir cuando vemos que no nos alcanza para vivir porque en el fondo no confiamos en nuestro Padre, no confiamos en que siempre habrá un buen hermano que nos compartirá algo.
¿Entendemos? En el fondo nos olvidamos de nuestra condición de hijos y hermanos. Si nunca olvidáramos que nuestro Padre del Cielo jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; si jamás olvidáramos que, así como Dios cuida de los animales y de las aves del cielo, es imposible que nos deje de cuidar, no nos detendríamos en peleas que no tienen sentido, no nos pondríamos a discutir por un poquito de pan. ¡Qué poca memoria tenemos! ¡Qué rápido nos olvidamos de que, si sabemos compartir, si ponemos de nuestra parte, lo que podemos, si nosotros hacemos lo que otros no pueden, jamás nos faltará nada, al contrario, siempre va a sobrar!
¿Ya te olvidaste de todo lo que Dios Padre te dio a lo largo de la vida? ¿Ya nos olvidamos de que hace un ratito nomás Jesús multiplicó los panes frente a tus narices, con el amor que te regaló? ¿Tan rápido nos olvidamos de todo? ¿Ya te olvidaste de aquella vez que te animaste a poner de tu parte y de golpe todo fue mejor, todo se disfrutó, todo salió más lindo en tu familia, en tu comunidad? ¿Ya te olvidaste de que la multiplicación de los panes es el milagro continuo y actual de Jesús cuando sabemos poner amor en cada cosa? ¿Ya nos olvidamos de que la Iglesia, aún con sus debilidades y pecados, es una muestra cierta de que lo que se comparte se multiplica? ¿Nos pusimos a contar alguna vez la cantidad de amistades, conocidos y hermanos que llegaron a nuestras vidas gracias a que Jesús siempre lo multiplica todo? ¿Todavía no comprendemos ni entendemos?
No nos perdamos tanto amor del Padre por andar peleando y discutiendo. No nos perdamos tanto amor de hermanos por andar mirando si nuestra panza, nuestro estómago está un poco más lleno. Ser hijo y hermano, es mucho más que una simple comida; es aprender a compartir nuestras vidas.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.