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VII Lunes de Pascua

Los discípulos le dijeron a Jesús: «Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios.»

Jesús les respondió: «¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.

Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Si nos dieran a elegir ante cada situación que nos toca vivir o decidir en la vida cotidiana, entre que nos digan la verdad o nos mientan… ¿qué elegirías? ¿Qué optarías? Sé que es una pregunta media tonta, aparentemente, porque todos, excepto al que le gusta que le mientan, diríamos a una sola voz: «Que me digan la verdad». No hay nada más lindo que nos digan la verdad. A nadie le gusta que le mientan. Estamos hechos para escuchar la verdad y decirla, sin embargo… andamos escuchando muchas mentiras por ahí. Qué insoportable que es la mentira. Nos decimos muchas veces mentiras a nosotros mismos, a nuestro corazón, y a veces mentimos a los demás, muchas veces inconscientemente o a veces para ocultar cosas o a veces por vergüenza. En los medios de comunicación escuchamos tantas mentiras. A veces, entre los que nos queremos nos mentimos o por lo menos no somos puramente sinceros. Cómo cuesta decir la verdad. Sin embargo, a nadie le gusta que le mientan, pero, al mismo tiempo, es extraño, porque no siempre nos gusta después escuchar la verdad. Es como que la deseamos, pero, cuando se nos viene encima, cuando se aparece frente a los ojos, nos cuesta muchísimo aceptar la verdad de nuestra vida, cuando nos toca de cerca, cuando tiene algo que ver con nosotros. La verdad es así, aflora, se manifiesta. Nos gusta decir «la verdad», a veces, a todo el mundo por ahí, pero no es fácil cuando nos vienen a decir «la verdad» sobre nosotros mismos, sobre el error, sobre una falsedad, sobre una mentira, sobre actitudes que tenemos. No nos gusta que nos mientan, pero a veces preferimos «hacernos los distraídos» y no enfrentar la verdad. A veces preferimos que «nos mientan un poco» y que todo se mantenga igual, políticamente correcto. Por eso, podemos preguntarnos hoy, tomando algo del Evangelio: ¿Cuántos problemas y sufrimientos nos habríamos ahorrado en la vida si nos hubiesen dicho toda la verdad de la vida, o por lo menos ayudado a descubrirla lo antes posible? ¿Cuántos dolores y desilusiones nos habríamos evitado si nos hubiesen dicho que todo no era todo tan fácil como pensábamos, como nuestra cabecita lo imaginaba? ¿Cuántos problemas le habrías evitado a tu hijo, a tu hija si no le hubieras pintado la vida como una linda película mientras a vos te costó muchísimo? ¿A cuántos sacerdotes se nos hubiese hecho más fácil si como decía Benedicto XVI: «Se nos diga toda la verdad sobre el sacerdocio, sobre lo difícil también que es, lo lindo, pero lo difícil»?

Bueno, en realidad, como te decía, no siempre la culpa es del que miente o te quiere tapar la verdad, o no la dice, sino también del que no se esfuerza por conocer la verdad. Pero la mentira a veces se disfraza de un «supuesto bien» por el otro, pero que a la larga se transforma en un mal, en un obstáculo para seguir, para creer, para tener ánimo y esperanza. Hay personas que prefieren evitar a toda costa que los otros pasen por algún tipo de sufrimiento humano, cotidiano, normal: «No quiero que sufra», «No quiero que pase lo mismo que yo», dicen algunos padres a veces a nosotros, los sacerdotes, sobre sus hijos. Es entendible, es verdad. Pero qué padre o qué madre quiere que sufra alguno de sus hijos. Ninguno. Es verdad. Pero, al mismo tiempo, qué padre o madre puede evitar que sus hijos sufran, de algún modo, en la vida. Qué padre o qué madre no quiere que sus hijos crezcan. El crecimiento es a través, también, del sufrimiento. No estoy hablando de los sufrimientos que provienen a raíz del mal, esos que hay que evitarlos, no hay que «sufrir por sufrir» –aunque no se puede evitarlos totalmente–, sino que me refiero al sufrimiento que proviene por hacer el bien. Como dice la Palabra de Dios: «Es preferible sufrir haciendo el bien que haciendo el mal, por buscar el bien». Por luchar para alcanzar el bien: la justicia, el amor, la honestidad, la sinceridad, la generosidad, la entrega, el dominio de sí mismo, la alegría, la amabilidad, la buena educación, el bien común, los pobres que merecen nuestro amor y tantas cosas más. Ese es el sufrimiento que vale la pena, que es imposible esquivar si queremos amar y que, además, es necesario. El que quiere evitar ese sufrimiento, no entendió el sentido de la vida. No llegó ni siquiera a ser hombre, como decía también el papa Benedicto XVI.

Los padres y las madres que quieren evitarle a sus hijos el sacrificio del amor, si piensan así no están criando hombres y mujeres capaces de amar y de esforzarse para hacerlo, sino hombres y mujeres que no podrán descubrir el lindo gustito de la vida que se entrega por otros. ¿Qué les dijo Jesús a sus amigos antes de partir? ¿Qué les dijo? «Tranquilos, todo va a estar bien. No se preocupen que les irá siempre bien; serán exitosos siempre; todos los van a querer, nunca van a sufrir; el que me ame no sufrirá en nada, tendrá salud y trabajo siempre asegurado». ¿Qué les dijo? ¿Les dijo eso? Es interesante ver que ante la afirmación muy segura de los discípulos de que creían, Jesús no se calla dos verdades muy divertidas, aunque duelan: «Me dejarán solo… y tendrán que sufrir». «Me dejarán solo… y tendrán que sufrir». ¡Oh, Jesús, qué mala onda tenés! ¿Cómo vas a decir eso? Sin embargo, él nos dijo la verdad. ¿Nos gusta que nos digan la verdad? ¿Nos gusta que Jesús nos diga la verdad de nuestra vida? ¿Te gusta decirles la verdad a los demás o se la disfrazás? Jesús les anticipa y nos anticipa, que cuando nos creemos que la tenemos clara, no nos olvidemos que somos capaces de dejarlo en menos de un minuto, cuando el dolor o el sufrimiento se presentan en nuestra vida. Somos capaces de abandonarlo, de abandonar la fe por cualquier cosa. ¿Cuánta gente abandona a Jesús cuando se presenta la dificultad? ¿Y cuánta gente lo abraza en la dificultad? ¿Cuántas veces hemos dejado a Jesús solo por miedo, por vergüenza, por el qué dirán, por el temor?

Jesús nos anticipa que en la vida sufriremos, por culpa de otros o por culpa nuestra. ¿Tenemos que evitar el sufrimiento? Sí, el que no vale la pena, el que proviene del mal nuestro y ajeno. ¿Tenemos que esquivar todos los sufrimientos de la vida? No, la verdad que no. Sufrir por el bien es necesario e inevitable y nos hace bien. El que sufre por amor y amando es feliz, aunque parezca mentira. El que sabe sufrir, tanto lo que nos toca sin buscarlo, de arriba; no de arriba porque lo mande Dios, sino que toca porque a veces nos toca, como también el sufrimiento elegido, ese es el que sabe vivir. Vive distinto, transforma todo en oportunidad para amar. Jesús no nos mintió, prefirió la verdad. ¿Vos y yo qué preferimos?