Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:
«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.
Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti.»
Palabra del Señor
Comentario
Puede parecer a veces que, para nosotros, la fiesta de la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo, no nos dice mucho. De hecho, a veces, no se profundiza mucho en esta verdad tan maravillosa de nuestra fe. Es una fiesta a la que a veces, en la Iglesia, no le damos tanta trascendencia. Es como que queda un poco opacada entre la Pascua y Pentecostés. Quedó ahí, entre medio, como realmente fue históricamente. Sin embargo, es una gran verdad, una linda verdad de nuestra fe, que la mencionamos en el Credo cada domingo que lo rezamos con amor, que la mencionamos en un montón de momentos de la misa y nos enseña muchísimas cosas. Para los discípulos que lo vieron partir «entre las nubes», sí debe haber sido significativo y misterioso. Muchas preguntas se les habrán cruzado por el corazón. ¿Qué pasaría ahora con ellos? ¿Cuándo volvería realmente Jesús? ¿Qué podrían ahora hacer ellos, solos, sin él? ¿Qué significaba eso de ir por todo el mundo a anunciar la Buena Noticia, a bautizar, a enseñar? ¡Qué difícil debe haber sido para ellos al principio! Para nosotros podría parecernos obvio, pero no fue lo mismo para ellos. Sin embargo, la prueba de que Jesús seguía estando con ellos, fueron los frutos que comenzaron a experimentar todos los apóstoles ante la ausencia de Jesús en la naciente Iglesia. Una ausencia que se transformó en una presencia distinta. No podrían darse tantos frutos en toda la tierra, cada día, a cada instante, en miles de corazones, incluso en este mismo momento, mientras vos y yo estamos escuchando, si Jesús no estuviese a la derecha del Padre asistiéndonos con su amor, con su fuerza.
De Algo del Evangelio de hoy, escuchamos una oración de Jesús que quedó en el evangelio, y evangelio que se puede transformar en oración hoy para nosotros. Qué fecundo puede ser para todos imaginar esta escena en la que nuestro Maestro mirando al cielo, mira a su Padre, lo busca con la mirada, como esa mirada de amor y el corazón para poder hablarle, para decirle todo lo que sentía. Jesús, en la última cena, se despidió de sus discípulos y se los encomendó a su Padre. Pero, al mismo tiempo, les dejó a sus amigos el mejor legado que podía dejarles, sus palabras que se harían eternas porque no fueron solamente palabras, sino que fueron al mismo tiempo palabras que se hicieron gestos de amor, reales y concretos. ¡Qué lindo imaginar a Jesús mirando al cielo diciendo esto. Te propongo que hagamos hoy algo similar, que hagamos lo mismo, que elevemos nuestros ojos al cielo, o a una imagen, o a un lugar que nos ayude como a transportarnos, dicho simbólicamente, a ese momento! Las palabras de Dios pueden hacerse vida ahora, si buscamos que las escenas del Evangelio, de alguna manera, se hagan presentes. No sean un cuentito, no sean frases lindas, frases motivadoras. Por eso y para eso, tenemos que usar todos nuestros sentidos, toda la sana espiritualidad católica, corazón y pensamiento. Somos una unidad. Antes de pensar en lo que podrías decirle vos al mismo Padre, a Jesús, pensá en lo que Jesús dijo, en algunas de las palabras que escuchaste recién y, si es necesario, volvé a escucharlas. A mí me ayudan las que te voy a decir ahora, las que rezo al elevar la hostia consagrada en cada misa en el altar, son estas: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo». Eso pido cada día por todos los que están en la misa, asistiendo para que tengan esa Vida eterna, que conozcan al Dios verdadero y a su enviado. Fijémonos también cuáles palabras nos sirven hoy, si te sirven estas u otras.
Te decía que esta oración de Jesús quedó escrita en el Evangelio. Sus palabras se hicieron Palabra de Dios, por supuesto, y por eso, y por qué no, el evangelio para nosotros se debería transformar hoy en oración, en elevación del alma hacia Dios. Eso es rezar, elevar nuestra alma a Dios para que no solo se arrastre por el suelo por las cosas de cada día, sino que se anime a elevarse un poco. Nuestra alma, nuestro espíritu está hecho para cosas más grandes todavía. Mucho más de lo que imaginamos. Eso es la Vida eterna en la tierra, buscar cada día conocer al único Dios verdadero, al Padre de todos, y a su enviado Jesucristo. Vivir en serio es conocer a Dios, a Dios Padre, y a su Hijo por medio del Espíritu. También podríamos decirlo al revés: conociendo a Cristo, conocemos al Padre. Toda nuestra fe cristiana podría sintetizarse en esto: conocer y amar a Cristo para poder conocer el amor del Padre, al mismo Padre. Pensemos si en nuestra vida estamos buscando esto. Pensemos si estamos intentando esto día a día. Todo lo demás es pasajero y secundario. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo en tu vida, en la Iglesia? ¿Para qué crees que es la Iglesia? ¿Qué estás haciendo en tu familia? ¿Estás buscando la Vida eterna mientras vivís esta vida terrena y pasajera? La Vida en serio, la eterna, la que da ganas de vivir, la que nos ayuda a seguir cada día es esta: Conocer al único Dios verdadero y a Jesús su enviado. No a cualquier «dios» hecho a nuestra medida, no a cualquier ídolo humano, ni siquiera a un santo, ni a un político, a un prócer, sino a Jesús, que es el Camino, Verdad y Vida. Te aseguro que eso te va a dar la verdadera paz, te aseguro que eso te va a reorientar en la vida, la va a orientar. Escuchemos a Jesús todos los días y vamos a empezar a entender lo que es la Vida eterna.