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VIII Viernes durante el año

Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»

Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.

Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»

Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: “Retírate de ahí y arrójate al mar”, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.

Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»

Palabra del Señor

Comentario

Nuestra incapacidad de escuchar profundamente todo lo que nuestros oídos oyen es lo que en definitiva no nos deja crecer en la vida. Si nosotros creciéramos en nuestra capacidad de escuchar a los demás cuando nos hablan, sin interrumpir, sin opinar de lo que no sabemos, sin juzgar a nadie, sin criticar, sin pensar que lo sabemos todo; si nosotros aprendiéramos a escuchar cada día a las personas que tenemos en frente, claramente cuando nos sentamos a rezar, podremos escuchar mejor al Señor y también al revés. En la medida en que aprendemos a detenernos y a escuchar la Palabra de cada día y tratando de desmenuzarla, de encontrarle su sentido, de sacarle fruto, de sacarle el jugo, hasta la última gota, es cuando también aprendemos a escuchar a los demás, empezamos a mirar distinto a los demás. Por eso tenemos que aprender a seguir creciendo en nuestra capacidad de escucha, que implica siempre el corazón. Sin el corazón no hay verdadera escucha.

Este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno seguramente con el cansancio a cuestas de la vida que llevamos, creo que nos puede hacer bien contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando «termina su camino» –simbólicamente– o cuando llega a donde quería llegar, a entregar la vida por nosotros. Por otro lado, escuchamos en otros Evangelios que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado, matado y, finalmente, resucitaría, pero ellos no terminaban de comprenderlo. Su ceguera no se los permitió en ese momento comprender, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender que finalmente pasa lo que Jesús nos decía que iba a pasar.

En estos días escuchamos cómo el Señor había emprendido su caminar y en ese camino, había encontrado diferentes situaciones: un hombre rico que no se animaba a seguirlo, los discípulos que se peleaban por un puesto y no comprendían lo más profundo del «ser» de Jesús y a lo que había venido y, finalmente, el ciego, Bartimeo, que por su fe fue salvado, ¿te acordás? Que por su fe no solo fue curado de su ceguera física, sino que fue curado de su ceguera espiritual, y comenzó a caminar con Jesús. En definitiva, lo que nos enseñaron estos relatos es que la fe nos va curando de las cegueras espirituales y nos permite seguir libremente al Señor por decisión propia. Y por supuesto, sin fe, no podemos «ver más allá»; sin fe, nos perdemos de muchísimas cosas en la vida; sin fe, no solo no vivimos como él quiere, sino que además no estamos en comunión con los demás, no nos abrimos a cosas nuevas, no nos abrimos al amor, vivimos en nuestro pequeño mundo, mirándonos el ombligo y, además, somos capaces de cuestionar hasta al mismísimo Dios. Y por eso, el Maestro, en Algo del Evangelio de hoy, nos propone la fe, nos invita a tener fe; tanta fe que incluso seamos capaces de «mover montañas». Entendiendo esta frase como un símbolo, por supuesto no podemos reducir esta expresión a pensar que, con la fe, con la fuerza de la fe o poder de nuestra mente, confiando, podemos realmente romper las leyes de la naturaleza. Con esta expresión, el Señor se refiere a algo «más profundo»; más bien, se refiere a las «montañas» que tenemos que mover en nuestras vidas; aquellas que son obstáculos, que no nos permiten caminar; y a esas «montañas» que a veces no nos animamos a subir, porque parecen «imposibles»; a las «montañas» de los tropezones de la vida, que solo podemos mover con la fe o que nos ayudan a levantarnos y a través de ella, la fe, nos damos cuenta finalmente que hace todo posible, que es posible dar un paso más, es posible levantarse si uno está al costado del camino; tirar el manto, tirar ese pecado que arrastramos y no nos deja seguir, o superar cualquier situación de nuestra vida que parezca «imposible», por habernos alejado de él.

Lo importante es tener fe, es confiar en Jesús, fiarse de él, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que deseamos, dejando todo en manos de él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.

Hoy te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole a él que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole también una gracia para alguien que vemos que la necesita, para algún enfermo, para alguien que sufre. En realidad, la fe «mueve montañas», porque la fe puede «mover corazones» y ¡las montañas más difíciles de mover, muchas veces, son nuestros corazones!