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III Domingo de Pascua

Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor

Comentario

Tercer domingo del tiempo pascual, tiempo en el que seguimos reflexionando y aceptando con gozo la realidad más trascendente de la historia de la humanidad, que Jesús resucitó y que con su resurrección nos da la vida y nos da una Vida eterna. No solo nos acompaña en el caminar diario, sino que ya nos asegura la Vida eterna si caminos junto con él, si aceptamos su misericordia y su amor.

Un domingo más en el que también aceptamos escuchar la Palabra de Dios, para que esta Palabra finalmente penetre en nuestras almas, nos llene de gozo y nos anime a seguir caminando. ¡No nos cansemos! O, mejor dicho, sí nos podemos cansar, pero la clave está en seguir caminando, seguir abriendo los brazos para encontrar su presencia en la eucaristía, en la oración, en nuestro trabajo diario, en nuestras familias, en los más necesitados, en aquellos donde también de algún modo se hace presente, más patente, la necesidad de amor que tenemos para dar.

Por eso, ánimo, a levantarse, a darnos cuenta que este domingo no puede ser un domingo más. Tiene que ser un domingo donde nos llenemos de gozo, porque tenemos fe, porque somos felices de creer sin ver, y a eso tenemos que apuntar y por ese lado tenemos que seguir caminando. Sí, parece a veces que vamos a tientas, que no vemos todo, pero basta con ver el paso siguiente, basta con saber que el paso siguiente será en un lugar firme: en el amor y en el corazón de Jesús.

Creo que hay algo que queda patente en Algo de Evangelio de hoy, valga la redundancia, y es claramente la dificultad que tuvieron los discípulos en creer que ese que se les había aparecido era realmente Jesús. Jesús parece hacer todo lo posible para que crean, y a ellos les cuesta muchísimo. Jesús les dice: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Así y todo, diríamos, los discípulos, dice la Palabra que se «resistían a creer». ¿Pero por qué? Porque «era tal la alegría y la admiración de los discípulos» que no podían creerlo. A nosotros por ahí nos parece obvio, pero, en realidad, tenemos que reconocer que no es tan obvia a nuestra pobre humanidad la resurrección de Jesús. No es tan obvio creer en esto. Nosotros lo tenemos asimilado porque la fe nos da ese don. A nosotros nos parece fácil porque, en el fondo, ya «lo sabemos», porque ya sabemos lo que pasó, porque Jesús nos tocó el corazón en algún momento. Pero no era tan fácil y tan obvio para los que habían estado junto con él, para los que lo habían visto muerto en la cruz, que de algún modo es lo que nos pasa a nosotros. Cuando tenemos una experiencia de dolor fuerte, una tristeza grande, nos parece imposible que venga algo nuevo, nos parece imposible la resurrección.

Esto puede deberse a que digamos que hay una tendencia en nuestra vida a que las malas noticias casi que las creemos sin cuestionarlas ni averiguar mucho y las buenas noticias nos cuestan un poco más. Es algo a lo que tendemos naturalmente todos. No quiero generalizar, pero podríamos pensar algo así. Lo malo parece obvio, está a la vista de todo el mundo y lo bueno cuesta verlo. Pensá si no te pasa eso alguna vez. Además, no hay que ser adivino para darnos cuenta que vivimos en una cultura de las «malas noticias», continuamente escuchamos malas noticias. Los noticieros en su mayoría dan malas noticias y, además, se jactan de tener «la primicia» de esa mala noticia. Les encanta decir que tienen la primicia, algo urgente, como si fuera una virtud el llegar rápido a informar todo lo malo. ¿Y lo bueno? Y lo bueno a veces parece que brilla por su ausencia. Y bueno… queda ahí, a un costado, parece que relegado.

Y así, lentamente, la onda de las malas noticias va socavando nuestro corazón y se nos hace casi imposible aceptar que puede haber cosas buenas en este mundo.

¿No será que esto también les pasó a los discípulos, de alguna manera? ¿No será que en ese tiempo también los malos augurios estaban de moda y que todo lo malo parece relucir y lo bueno se oculta? A ellos les parecía increíble semejante noticia, tanto que no lo creían. La noticia era tan buena, tan impresionante, tan maravillosa que no podían creerlo. Lo tenían frente a ellos y no podían creerlo. Nosotros también lo experimentamos a veces cuando nos pasa algo lindo, incluso llegamos a decir: «Pellizcame para ver si es verdad». ¿No? Porque parece que no lo podemos creer, queremos despertarnos del sueño.

¿No será que a nosotros también hoy nos pasa lo mismo? No es lo mismo nuestra vida si creemos o no firmemente que Jesús está vivo entre nosotros. Nada es igual frente al que cree en la resurrección, en la presencia viva de Jesús. Es increíble, digamos así, pero es creíble, y es lo que le da sentido a nuestra fe. Es creíble porque la vida de los discípulos cambió, comenzó la Iglesia, la fe se empezó a esparcir por todo el mundo y esos hombres temerosos se transformaron en hombres de Dios, que no se cansaron de predicar hasta la muerte la presencia de Jesús.

Si nos preguntan por ahí: «¿Qué es ser cristiano?», deberíamos responder: «Creer que Cristo está resucitado, creer que está vivo, que ese hombre que caminó por Galilea, por Jerusalén de hace unos 2.000 años está vivo, a pesar de que lo mataron». Parece increíble, pero es verdad. Cree, creamos que hay cosas lindas que son creíbles, aunque parezca difícil. Creamos que lo que les pasó a los discípulos es verdad y fue lo que cambió para siempre el curso de la historia, de la tuya y de la mía. Pellizcate y decile a Jesús: «Creo, creo, aunque a veces mi corazón se resista a creer. Creo, aunque a veces el mal parezca triunfar en la vida». Nosotros tenemos que ser «testigos de todo esto», tenemos que contarle a todo el mundo que Jesús está vivo y, aunque parece increíble, es verdad.

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.