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III Jueves de Pascua

Jesús dijo a la gente:

«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.

Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.

Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen jueves. Espero que hayas empezado un lindo día con deseos de seguir escuchando a Jesús. ¡Cuánto me maravilla y cuánto me alegra seguir cada día, a pesar de estar haciendo esto hace ya tantos años!, que alguno puede pensar que la rutina hace que no disfrute. Uno a veces con la poca fe que tiene, incluso siendo sacerdote, puede dudar de la obra de Dios. ¡Cuánto me alegra cuando sigo recibiendo mensajes, testimonios de personas que siguen siendo transformadas y escuchan con tanta alegría la Palabra de Dios, desayunando en familia, algunos en el trabajo, otros ejerciendo su profesión, incluso como militares, como personas que sirven a la patria! Bueno, infinidad de mensajes y de testimonios que muestran cómo la Palabra de Dios es para todos.

Jesús es para todos y quiere llegar al corazón de todos, y es por eso que escuchábamos en el Evangelio del domingo que se aparecía y les decía a sus discípulos: «Mírenme, soy yo. Tóquenme y vean». Como también mostrándonos que la fe tiene esta dimensión de necesidad de tocar y ver también. ¡Cuidado! No es que creemos ciegamente, dicho figuradamente, no es que creemos porque creemos. No es que creemos y no tenemos que pensar, y por eso Jesús también se aparece y les explica las Escrituras. Les abre el entendimiento para que puedan comprender. La fe entra por los oídos, por el corazón, pero también se puede pensar. La fe también entra por la vista, o sea, vemos cosas, vemos de algún modo la presencia real de Jesús en la eucaristía, en las personas, en el amor, en la oración cuando lo escuchamos, pero también podemos pensar y seguir utilizando el cerebro que Dios nos dio.

Ahora, Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: «La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa que nos lleva a Dios». Esto explica por qué la fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús, su hijo. Sin olvidar jamás que, al mismo tiempo, la fe es respuesta de los que aceptan esta verdad, respuesta de la inteligencia y de la voluntad –como dijimos antes– de aquellos que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.

Siempre recuerdo la linda historia de Blanca. Me acuerdo. Una mujer muy buena y sencilla que se acercó a la capilla –donde me tocaba ayudar– para empezar la catequesis con su hija. No estaba bautizada, pero misteriosamente iba a misa y escuchaba con más emoción y atención la Palabra de Dios que muchos de los católicos que estaban ahí y parecían más creyentes. Lloraba mientras yo daba los sermones, se emocionaba. La historia es larga, me costaría contártela, pero lo lindo es que fue ella, sin saber nada de la fe –intelectualmente digamos–, nada, sin haber leído nunca el catecismo; fue ella la que terminó pidiendo el bautismo, terminó pidiendo recibir el don de la fe. En un año, en ese año, tuve la dicha de bautizarla, darle la confirmación, a Jesús en la Eucaristía y el sacramento del matrimonio. Nunca me voy a olvidar de su rostro lleno de emoción. ¿Cómo fue posible todo esto?, pensaba yo. Creo que se lo dije también. Es simple. «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió»: es la respuesta exacta.

Ella me había contado que había experimentado la presencia de Jesús yendo a ver a un santo. No sabía quién era mucho, pero ella le iba a pedir, y en esa misa que ella entró sin saber qué pasaba, qué significaba todo eso, escuchó que había que ir a Jesús. Y ella dijo: «Voy a dejar al santo, voy a acercarme al jefe, voy a acercarme a Jesús», y así empezó su camino. ¡Qué lindo!, qué gran misterio de la atracción de Jesús hacia nosotros. Es un misterio, pero es lindo, una libertad atraída por Dios.

Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!». Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos un poco y nos olvidemos.

Si nos hemos acercado a Jesús, es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir, y eso es lindo. Nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir si alguien no lo seduce.

Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros como para aquellos que vemos que no se acercan a la Iglesia. Recemos para que el Padre los atraiga y vivamos con alegría para ayudar también a esa atracción. ¡Alegrate de que esta Palabra te esté llegando a tu corazón! ¡Alegrate de ser atraída y atraído por Jesús hacia el Padre! ¡Alegrate y ayudá a que otros también se acerquen!

Que tengas un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.