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III Miércoles de Pascua

Jesús dijo a la gente:

«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

Palabra del Señor

Comentario

Algo particular del Evangelio del domingo, que venimos desmenuzando también en estos días, es que Jesús no les dice: «Miren mi cara, soy yo, miren mi rostro», sino que les dijo: «Miren mis manos y mis pies, soy yo», o sea, «miren mis llagas», en el fondo les estaba diciendo. «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Soy el mismo que morí por ustedes».

Por eso, esta escena y esta actitud de Jesús nos tiene que llevar a pensar también lo que él hoy pretende de nosotros. ¿Dónde tocamos a Jesús?, ¿dónde lo vemos? Finalmente, en rostros concretos, que están llagados, que también están heridos por el dolor y el pecado de esta vida; nosotros mismos también. Jesús, en realidad, se esconde en las llagas, en las manos y en los pies, especialmente de los que sufren; pero también quiere que vos y yo seamos manos y pies que trabajen por él, que nos acerquemos a encontrarlo concretamente, que no estemos anhelando una espiritualidad digamos mal llamada mística, volada, que no esté pegada a la tierra, sino los pies bien puestos en la tierra y el corazón en el cielo, sabiendo que él esta.

Bueno, pero seguimos diciendo que hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy podríamos retomar un poco esto y pensar: ¡Hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el pan del alma, el PAN DEL CORAZÓN!, que ayuda a no desfallecer por el camino de esta vida tan dura. Por eso, no hay mejor manera de empezar este día que dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed». O también decirlo nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: «¡Jesús, quiero que seas pan que me quite el hambre, agua que me quite la sed! Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz». «Señor, danos siempre de este pan», decíamos.

Es bueno que empecemos este día también pensando: ¿A qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, representado por el pan? Se refiere a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestra vida. Somos cuerpo y espíritu, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas; no solo vivimos para saciar nuestra hambre del estómago, nuestra hambre biológica, sino que vivimos también y necesitamos lo más esencial. Como decía el Principito, ¿te acordás?, «que lo esencial es invisible a los ojos», pero que es sensible al corazón –podríamos agregar nosotros–. Sin amor no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero alimento y motor de nuestra vida y la prueba más palpable de esto es que hay personas que tienen todo lo material y más para vivir y, sin embargo, muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, hay personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario, y sin embargo viven en cierta plenitud espiritual que nosotros no podemos alcanzar o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos, que ahí está el problema.

Tengamos la cantidad que tengamos de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir volcados hacia afuera como si lo interior no importara (como, por ejemplo, la comida, la bebida, los vicios, las adicciones, las obsesiones, la avaricia –bueno, mezclé un poco de todo por ahí, de cosas buenas y malas–), pero cada uno tiene que pensarlo. Si vivimos centrados y centrando nuestra vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad muchas veces puede ser un síntoma que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo. Todos podemos creer en Jesús, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para la Iglesia.

Estar caminado detrás de él entonces no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción en la que vivimos muchas veces es como un termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero todavía no nos satisface verdaderamente creer en Jesús. ¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con él, con Jesús, no terminas de estar feliz? Bueno, hay que pensar qué nos pasa.

El que cree en serio, el que va caminando hacia él y con él en la pureza de la fe, o por lo menos lo intenta, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese pan llega a nuestra vida por diferentes proveedores, digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace palabra escrita día a día para meditar. Se hace hijo a quien ayudar y sostener. Se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en la dificultad, aun en el dolor. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar. Se hace oración diaria a dónde acudir. Se hace trabajo cotidiano que dignifica. Se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente. Y lo más lindo de todo… esto que es gratuito. Se nos da gratuitamente, solo que nosotros ponemos muchas veces trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solo por un ratito, que en el fondo no es saciar.

El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras y consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento diario.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.