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X Miércoles durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Palabra del Señor

Comentario

Vivir la pobreza del espíritu, ser bienaventurado por ser pobre de espíritu es lo que nos ayuda a pertenecer al Reino de los Cielos, es lo que nos da realmente la certeza de que estamos en el buen camino. Así Jesús lo expresa en su primer bienaventuranza, en su primer promesa de felicidad, en donde ya nos plantea el horizonte hacia el cual tenemos que tender todos. ¿Te diste cuenta que, cuando miramos el horizonte, el cielo y la tierra se unen allá a lo lejos? ¿Te diste cuenta que, cuando empezás a caminar hacia el horizonte, siempre termina como permaneciendo lejos? O sea que en el fondo el horizonte es una ilusión óptica que nos ayuda o nos permite imaginar que el cielo se toca con la tierra, sin embargo, nunca llegamos hacia él.

Bueno, podríamos decir que la santidad, la pobreza espiritual, el ser plenamente felices siendo pobres de espíritu, porque así pertenecemos al Reino de los Cielos, es el horizonte al cual debemos tender y es algo que, en definitiva, en la tierra nunca llegaremos a vivir plenamente. Sin embargo, vamos hacia él, podemos seguir caminando. Vos y yo podemos ser pobres de espíritu, vos y yo podemos aceptar nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad y darnos cuenta que en esa pobreza, en esa fragilidad, se manifiesta siempre el poder de Dios. «Porque, cuando somos débiles, somos fuertes», dice san Pablo. Cuando aceptamos nuestra carencia, cuando aceptamos convivir tal como somos, buscando siempre mejorar, pero al mismo tiempo aceptando como somos, teniéndonos paciencia, aprendiendo a caminar en el silencio, paso a paso, dejándonos que nos conduzca el Espíritu ahí es cuando empezamos a vivir en paz, con nosotros mismos y con los demás.

Por eso, la otra cara de la pobreza espiritual, por supuesto, es el orgullo y la soberbia. Es la soberbia de la vida que nos pone en un lugar que en realidad no nos pertenece. Es la soberbia que nos hace creer que podemos solos, es la soberbia que nos pone por encima de los demás y nos hace mirar de reojo, de arriba hacia abajo a los otros, olvidándonos que somos todos del mismo barro. Somos todos seres humanos creados y amados por Dios y, en definitiva, somos todos también imagen y semejanza de Dios. Por eso sigamos este camino de las Bienaventuranzas pidiendo ser pobres de espíritu. Señor, danos la pobreza espiritual, ayúdanos a vivir humildemente, aceptando la verdad de nuestra vida, aceptándonos como somos, queriendo siempre cambiar, siempre ser mejores, pero al ritmo tuyo, al ritmo del Espíritu Santo, que nos va conduciendo siempre hacia tu corazón.

Hoy, en Algo del Evangelio, Jesús nos quiere ayudar como intentó hacerlo en ese tiempo a los que lo escuchaban, que no siempre hay que oponer para encontrar la solución, sino que muchas veces es necesario integrar. ¿Cuánto hay de oposición en este mundo, incluso en la Iglesia? Todo parece ser de un color o del otro, de un pensamiento o del otro. Al enseñar algo nuevo y, en este caso, la nueva ley, la ley de la gracia, nuestra mente y nuestro corazón automáticamente intentan desechar lo antiguo, la antigua ley, como queriendo encontrar una solución a la imposibilidad de poder vivirla. Sin embargo, Jesús es claro: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir. No piensen que por decir algo nuevo, o decirlo de otro modo, quiero desechar lo anterior, como si fuera que no sirve, sino por el contrario, quiero ayudarlos a comprenderla, para que puedan vivirla”. Todos corremos ese riesgo, la Iglesia también lo corre y lo corrió muchas veces, “tirar lo viejo para traer algo nuevo”, por el solo hecho de que lo nuevo parece mejor. Sin embargo, el esfuerzo debe ponerse en cómo vivir lo viejo con corazón nuevo y cómo desechar cosas viejas si realmente hay que desecharlas, con una mirada distinta, no de superación.

Jesús, de alguna manera, en este pasaje explica qué relación hay entre este nuevo modo de vivir de los hijos de Dios y el modo de vivir anterior, bajo la ley del antiguo testamento. ¿Cómo es? ¿Este nuevo modo anula el anterior? ¿Este nuevo modo excluye lo antiguo? ¡No! Al contrario, lo incluye. Este nuevo modo llevará a la plenitud el anterior si aprende a asumir lo antiguo. Jesús no puede borrar con el codo lo que Padre escribió con su mano, la ley. Él vino a cumplir los mandamientos, a vivirlos, a enseñarnos su corazón escondido bajo la letra fría de la ley. Pero, además, algo mucho más grande, vino a hacernos capaces de cumplirlos, de vivirlos. Vino a darnos la fuerza y la gracia para cumplirlos. Esa es la novedad. Vino a enseñarnos a cumplir los mandamientos, pero no solo por el hecho de cumplirlos, sino a vivirlos como hijos del Padre, con corazón de hijos. Cumplirlos por amor, con amor y desde el amor. Eso nos hará grandes y libres. Eso nos hace grandes, justamente lo pequeño e imperceptible, como la sal. ¿Qué nos hace grandes? El ser hijos, aunque nadie lo sepa, y el enseñar a ser hijos a los demás. Él invierte todo. Da vuelta todo para que aprendamos a ser hijos en lo sencillo y desconocido por los demás.